Tras el esperado debate del jueves, lo nuevo es que Rajoy ha reconocido que se equivocó porque es demasiado bueno. Tanto, como para confiar en un «falso inocente», la rebuscada expresión que utilizó para referirse a Bárcenas. Pero las incógnitas y las preguntas siguen sin aclarar y sin responder. El presidente no dio las explicaciones que se le demandaban. Ni quiso ni podía hacerlo. Porque es realmente complicado cuadrar en un relato verosímil y sin asumir ninguna responsabilidad los 48 millones en Suiza del hombre al que nombró tesorero, las anotaciones de este durante 20 años, que señalan claros indicios de la existencia de una contabilidad B en el PP, o los pagos en dinero negro, algunos ya reconocidos. En lugar de eso, Rajoy optó por el cuento del político (con más de 30 años de carrera y, por tanto, de colmillo retorcido) tan confiado, ingenuo y leal con sus subalternos que se le puede engañar fácilmente durante años y años sin que se entere. Ni siquiera dudó de él cuando en el 2009 fue imputado por cohecho y delito fiscal. Al contrario, le pagó los abogados, le dejó despacho, coche y secretaria y le dio un sueldo de 23.000 euros al mes por no hacer nada. En su comparecencia, mantuvo impertérrito que solo rompió con Bárcenas cuando se enteró de que tenía una fortuna en el país helvético. El demoledor SMS posterior («Sé fuerte. Mañana te llamaré») desmonta tan bella historia. Incluso ahora, el villano del cuento no es el tesorero infiel sino el pérfido líder de la oposición y el manipulador mensajero. Rajoy volvió a pedir un acto de fe para creerle, pero su problema, el de este país, es que su credibilidad está a la altura o es incluso menor que la de un preso de Soto del Real.