El fin de la cita

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

04 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Las grandes citas son hijas de la casualidad, la estupidez o la petulancia. El sueño de Luther King lo hizo visionario el fin del apartheid y el Kennedy berlinés emocionó de otra manera cuando Ryanair nos viajó hasta las antípodas en low cost y se nos hizo a todos más fácil apreciar nuestras hechuras de alemán. JFK iba por otro lado, pero el futuro ajustó su reflexión hasta convertirla en el eslogan de una compañía aérea. Hay personajes superados por sus citas. El más claro, Mae West. Inmejorables sus dos despendoladas aportaciones a la relajación de la mujer: la sutil «¿llevas una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme?» y la sofisticada «cuando soy buena soy muy buena, pero cuando soy mala soy mucho mejor». A partir de aquí y de algunas pocas excepciones más, las máximas son el recurso veloz de tambaleantes eruditos que recurren por sistema al ingenio ajeno sin haber leído un libro. Las recopilaciones de frases ordenadas alfabéticamente se venden ahora en las gasolineras, llamadas también contenedores de residuos creativos, que lo mismo dispensan un disco de Tijeritas, un libro de Paulo Coelho o un kilo de inquietantes naranjas Satsuma. Por eso hemos de agradecer tanto que el presidente del Gobierno proclamara en sede parlamentaria el fin de las citas. Ha sido de su discurso lo más sublime, un oportuno pliegue fundacional que no hemos sabido interpretar como merecía. Cada vez que alguien vuelva a colocarnos unas palabras brillantes de Montesquieu, Descartes, Samuel Johnson, Cortázar, Bergamín, Petrarca o de esos intelectuales conocidos como Ketama que tanto inspiran a Rosa Díez podremos al fin proclamar: ¡fin de la cita!