Un partido de tenis entre Serena y Sharapova es un duelo entre sirenas. Lo que pasa es que Serena es la sirena de acero, y la rusa es la sirena de seda. Y la elegancia de la seda no puede con la contundencia del acero. Esta temporada sucedió en Roma y en la catedral de la tierra batida, Roland Garros. Serena fue tremenda. Y Sharapova, aunque soñó un poco más en París, nada pudo hacer. Serena volvió para sentarse en su lugar, que es la cima del número uno. Todo iba genial para la norteamericana, que es un volcán de fuerza y juego, hasta que llegó Wimbledon. Sobre la hierba, en teoría, mucho más favorable para ella, patinó. Serena, que lograba la copa de los mosqueteros después de once años sin ella, no podía pasar de octavos de final y se alejaba de su sueño de levantar su sexto Wimbledon. Cayó contra la número 23 del mundo, la alemana Sabine Lisicki, en tres sets y un poco más de dos horas. Sus hachazos, que normalmente pegan brutalmente en el otro lado del campo, se estrellaron en la red. Pero aún así Serena sigue siendo una leyenda. Una jugadora capaz de ganar a muchos hombres. Y tiene la tenacidad de aquella niña a la que su padre obligaba a entrenar durante horas para premiarla.