Dile a Tito que lo quiero

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

03 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

El guardia civil había retirado dos cadáveres del vagón. El teléfono móvil, los teléfonos móviles de ambos no paraban de sonar en sus bolsillos. Nunca podrá olvidar los sonidos que se quedaron grabados para siempre en su memoria. De repente Miguel, el guardia civil, escuchó cómo se dirigía a él una muchacha gritando: «Si me muero, dile a Tito que lo quiero».

Sobran caracteres en Twitter para difundir esta bella declaración de amor desde las vías del tren que detuvo la muerte en Angrois cuando la noche ya proyectaba su negra sombra desde el perfil de las torres de Compostela.

No sé qué habrá sido de la muchacha enamorada, desconozco su nombre, su edad, su procedencia. No sé si se ha quedado a este lado de la vida o si su mensaje era una despedida. Supongo que Tito recibió el testimonio como un dardo lanzado por un Cupido herido presagiando, acaso, la muerte que iba rodeando el cuerpo tendido junto a la curva asesina.

Transcurrió algo más de una semana y el dolor de los familiares de las víctimas, el duelo que seguimos todos los españoles, convierte, como en el tango, la pena en olvido.

Pero las historias personales -cada viajero es una crónica- agigantan más, si cabe, la auténtica dimensión de la tragedia. Convencido de que el azar enreda el origen último y primero de todos los accidentes, y que el destino no es sino el viejo fatum que habita el perverso territorio de todas las desgracias, vuelvo a mirar las flores silvestres que nacen en los lodazales para encontrar toda la esperanza que cabe en la frase, en el desesperado grito amatorio de una anónima Julieta que invoca a Tito como quien llama a Romeo.

Quizás, quién sabe, han sido sus últimas palabras, las más generosas, una frase, una carta telegráfica remitida a un destinatario del que solo conocemos el nombre.

Me gustaría imaginar un final feliz, y que se haya cumplido. Me gustaría, como en las novelas románticas, ubicar a nuestra joven en la cama de un hospital compostelano recuperándose de sus lesiones y a Tito a su lado cogiéndole una mano y hablando sin palabras mientras las miradas fijan la intensidad de los afectos.

Solo el amor es capaz de vencer a la muerte y, estoy seguro de estar en lo cierto, de poner un final amable a esta historia que nace en el corazón del dolor, que se subrayó con la sangre de setenta y nueve muertos, y como en el romance de don Gaiferos de Mormaltán, el anciano rey peregrino que caminó hasta Santiago siguiendo una ruta escrita en las estrellas, este sea uno de los milagros «que meu santo apóstol fai».