En el cruce principal de Kingman, un pueblo de Arizona, descansa un dinosaurio de hierro. La locomotora Santa Fe 3759 reposa sobre la hierba verde. Una familia se apretuja para tomar la penúltima foto. Las risas de los niños se solapan con el pitido de un tren de mercancías de infinitos vagones que saluda a su paso. Y la escena, feliz y apacible, se convierte de repente en insoportable. Porque a miles de kilómetros hay otro tren roto, detenido para siempre, con pasajeros que nunca llegarán a su destino. A Estados Unidos, un país cuya forja de conquista y aventura fue hilvanándose con el ferrocarril, llega el eco del accidente de Santiago. Un grito lejano, pero punzante. Se asoman a la herida de Angrois desde el otro lado del Atlántico. Comparten el vértigo de estar ante ese abismo aterrador que es toda gran tragedia y que provoca en cualquier persona la sensación de verse como una pequeña hoja al viento que el día menos pensado se pierde en medio del vendaval. También encuentran la luz en la adversidad, la reacción de los ciudadanos, la de los vecinos, los bomberos, los médicos y las colas de donantes de sangre. Una constelación en la noche más negra. Y después regresan a sus trenes, a su leyenda, pero también a su presente. Se publican informaciones sobre los sistemas de seguridad de sus trenes de alta velocidad. Y el titular de Time hiere: «Por qué es improbable que en Estados Unidos se produzca un accidente como el de España». Improbable no es imposible. Pero es una palabra que duele porque más allá de nuestras fronteras también abren las puertas a lo que podría haber sido o no haber sido. Y este viaje de preguntas y respuestas tiene que llegar al final. Por los que jamás llegaron.