Vivir a tope


La tragedia de Santiago ha vuelto a poner de actualidad las palabras del clásico latino: Mors certa, hora incerta. De alguna manera nos hace a todos filósofos, porque nos pone irremediablemente ante el misterio de la vida, nos obliga a pensar sobre el sentido último de la vida, de las relaciones, del trabajo, del amor. No podemos vivir como si fuésemos inmortales, como si la muerte siempre fuese algo que les ocurre a los otros; bien al contrario, deberíamos vivir cada día de nuestra existencia como si supiéramos que iba a ser el último. La muerte, así, enseña a vivir a tope. Nos invita a saborear cada una de las situaciones, personas y acontecimientos que la vida nos pone delante. Nos invita a vivir comprometidos con la justicia y la verdad, a querernos, a no ser puñeteros?

Como católico, creo en la resurrección. Dios ama la vida. La muerte no puede tener la última palabra: el amor reclama eternidad. El premio nobel de Medicina George Wald sostuvo en cierta ocasión, con palabras que se han hecho célebres: «Escogemos creer lo imposible: que la vida surgió espontáneamente por azar». Esta es también mi conclusión. Hemos sido creados por amor y para el amor. De tal manera que, con santa Teresa de Jesús, «vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero».

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