El destino

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

Aunque tu único dios sea la ciencia y tus preguntas sobre adónde vamos las responda la biología, brutalidades devastadoras como la de Angrois te obligan a aceptar que esa inquietante carambola llamada destino existe. Está, claro, el dolor infinito y perplejo de las víctimas, pero a su lado aparece el escalofriante vacío que estos días sienten quienes se libraron en el último minuto, decenas de personas cuya determinación era viajar en ese Alvia maldito al que finalmente no se subieron por razones que hoy escrutan con el firme propósito de encontrar una lógica que evapore la sensación de que formamos parte de un juego macabro en el que alguien se divierte apostando con nuestras vidas. Para poder seguir adelante necesitamos parapetarnos en certezas, confiar en que la existencia responde a una dialéctica racional, saber que no todo lo que puede ir mal irá mal. Pero el miércoles nos arrebataron algunas certidumbres, porque el infierno estaba en un transporte tan seguro como el tren, en una línea que es de las más modernas del mundo y a escasos kilómetros de la estación. Y esa ecuación no tenía que haber arrojado semejante resultado.

Por eso el accidente de Compostela nos resulta tan insoportable y nos zarandea de una forma tan íntima. Primero, porque nos recuerda que todos caminamos al borde del abismo y, segundo, porque nos enfrenta a una realidad escalofriante: cada decisión que tomamos tiene consecuencias, y estas consecuencias pueden ser salvadoras o aterradoras. 

El insoportable accidente de Santiago habrá obligado a más de uno a escanear sus vidas y a comprender qué frágil es una existencia que está pendiente de cada cruce en el camino. Atormenta especular con la cantidad de trenes que podríamos haber cogido y que habrían cambiado lo que somos. Produce escalofríos calibrar las veces que hemos sorteado a la parca, pero también angustia calcular la felicidad que hemos desperdiciado, las personas a las que hemos despreciado y que hoy serían los mejores compañeros de camino. La vida es equivocarse pero también elegir. Y a veces elecciones banales producen resultados definitivos de una crueldad pegajosa. Todas las personas que el miércoles se subieron al tren fueron víctimas de un destino imposible de aventurar. Los que no se subieron, también.