Ambición

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

Chapoteaba en la piscina de un spa en las Rías Baixas. Todavía no habían alcanzado la costa gallega los sofocos de la temporada alta. No es que se resistiera el verano, es que aún titubeaba la primavera. Allí, entre los chorros a presión y las burbujas, con más pompa que circunstancia, con el albornoz expectante sobre la hamaca, bajo los rayos de sol de la cristalera, lanzó la pregunta: «¿Qué más quieren?». Repasaba sus últimos días de vacaciones, en el sur de Galicia, financiados con su pensión de maestra jubilada. No podía pedir más. La conclusión la conducía a otra pregunta: «¿Por qué robarán?». Se refería a esos personajes antaño honorables que en los últimos tiempos pasean sus penas por los tribunales, como si la banda sonora de España fuera una mala copla judicial. Hablaba de los que querían más cuando supuestamente lo tenían todo, un estatus para presumir en los escaparates de la jet y cuentas bien nutridas para permitirse escapadas rutinarias a todo tipo de paraísos. Aquellos instalados en la cresta de la ola que estiraban la mano para ver si quedaba un poco más de cielo por tocar, aunque dejaran en la sombra a otros. Los que, con la vida resuelta, hicieron crujir los resortes del sistema a su favor, estrujando las leyes y retorciendo muchas consideraciones morales. La avaricia y la ambición en estado puro. Esa voracidad casi patológica que va creciendo cuando el escalador piensa que está en la cima de la cadena trófica. Los que arropan excesos indecentes con un «lo hago porque puedo permitírmelo». Los jefes de la manada que, más que aullarle a la Luna, reclaman su propiedad. ¿Que más quieren si tienen las mejores vistas? La Luna, sí. Pero en exclusiva.