Salvados por la campana. Esa es la sensación que queda después de que, en el último momento, al presidente del Gobierno y al líder de la oposición les entrara un ataque de sentido común y pusieran fin a uno de los episodios políticos más bochornosos de los últimos años. Convirtiendo en una especie de crisis de los misiles a la española lo que en realidad es el catón de la democracia, esto es, que el presidente del Gobierno se explique en el Parlamento y la oposición ejerza su papel de crítica y control al Ejecutivo, hemos estado a un paso del ridículo internacional. Si de verdad se hubiera llegado a poner en marcha una moción de censura a pocos días de que España entera se marche a pelar gambas en el chiringuito playero y en medio de una crisis económica sin precedentes, lo único que habríamos conseguido es aclarar al mundo entero que nuestra situación es mucho más desesperada de lo que indican nuestras pavorosas cifras económicas.
Aquí ya no, pero puede que allí afuera haya todavía quien confíe en que nuestro país cuenta con políticos capaces de levantar esto. Gente que crea que si el Gobierno fracasa, siempre habrá en España un proyecto alternativo que pueda dar la vuelta a la situación. La hipótesis de que hubiéramos matado esa esperanza retransmitiendo en directo un debate en el que habría quedado claro que además de un Gobierno incompetente y en entredicho tenemos una oposición inane y oportunista, resulta francamente deprimente.
Rubalcaba es uno de los más aliviados por el giro hacia la lógica emprendido por Rajoy. La sola idea de ver subir a la tribuna y presentarse formalmente como candidato a la presidencia a un político sin proyecto, sin programa, sin ideas y sin la más mínima autoridad en su propio partido habría sido demasiado, incluso para un país ya curado de espantos. Para que se hagan una idea, tenemos un líder de la oposición que ha sido incapaz de decir nada del mínimo interés político en una entrevista río de cinco páginas. Por no hablar de unos nacionalistas que se las dan de estadistas y pretendían pescar en el río revuelto de la moción de censura el apoyo a su consulta soberanista. Qué país.
La otra lección es que Rajoy debe ir pensando en jubilar a su gurú Pedro Arriola. Pretender que en la presidencia del Gobierno sigue siendo válida su conocida teoría de que ante cualquier problema lo mejor es hacerse el muerto resulta, además de inútil, un insulto a todos los ciudadanos. Lo único que ha conseguido Rajoy con esta terca negativa a asumir lo inevitable es que el jefe de un Ejecutivo respaldado por 186 diputados aparezca a la defensiva.
En torno al caso Bárcenas no hemos avanzado nada estos días. Nos quedan todas las preguntas por hacer y todas las respuestas por conocer. Pero lo que sí hemos conseguido con esta crisis infantil es que España sea hoy un país mucho más débil de lo que lo era hace solo una semana.