¡Albricias, contribuyentes! El señor Rajoy ha tenido el detalle del siglo. Escuchó vuestro clamor, le ha llegado al alma y ayer atendió vuestras súplicas: un día de estos se bajará de los cielos monclovitas, se os aparecerá en carne mortal y se dignará hablaros. Incluso se producirá el gran prodigio: os hablará de Bárcenas, supongo que sin citar su nombre, y a continuación se retirará a Ribadumia a reposar del esfuerzo. ¿Y cómo habrá tenido a bien obsequiarnos con la dádiva de su palabra? Oh, líbreme Dios de hacer un juicio de intenciones, pero a esos desenlaces siempre se llega tras un largo y trabajoso período de reflexión personal y de su coro de asesores: el silencio le estaba perjudicando; un silencio como este solo se explica en quien tiene algo que ocultar.
De todas formas, el presidente se acercará a los administrados con una cautela suprema: no hablará solo de Bárcenas, para que no parezca un triunfo de la oposición. Mejor dicho: para que no parezca que se rinde ante la amenaza de moción de censura. Lo decían los rumores: «Está buscando el formato». Lo había anunciado algún ministro: hablará cuando pueda hacerlo, es decir, cuando le convenga. Y los anuncios estadísticos le han brindado la salida: esta semana se publicará la EPA del segundo trimestre y dicen que será gozosa; después, el Banco de España dará los datos del PIB y serán magníficos. Esas serán las bases de su esperado, pedido, reclamado y ansiado discurso.
Lo dijo él mismo ayer: hablará de «la situación económica y política». Es decir, que nos colocará su versión de Bárcenas envuelta en un precioso celofán en el que está escrito que las cosas se arreglan, que sus reformas empiezan a dar fruto, que la prima de riesgo está infinitamente mejor que hace un año y que el Gobierno se ocupa de cosas serias. ¿Bárcenas? Uy, sí, «ese señor por quien me pregunta» fue un accidente; lo que escribe en sus papeles es falso «salvo algunas cosas»; el partido es transparente; no me pidan que me pronuncie sobre algo que está sub iudice; la agenda política no puede estar condicionada por un presunto delincuente, y este Gobierno ni cede a los chantajes ni renuncia a ser garantía de estabilidad.
Así es como intuyo que transcurrirá la sesión. Si con eso se evita la moción de censura, es algo que no me atrevo a adivinar. Pero, tal como se presenta el debate, solo hay una cosa que me intriga más que el contenido: saber cómo hará el señor Rajoy para hablar de Bárcenas sin pronunciar su nombre. Porque se puede ceder para evitar la censura, para terminar esta polémica, para calmar el ambiente o para no hacer más el ridículo. No pronunciar el nombre de Bárcenas es un desafío personal; casi una cuestión de honor.