Pompeya

Xosé Ameixeiras
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

20 jul 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Pompeya es un tesoro de la historia. La conservación de esta ciudad, que el 24 de agosto del año 79 fue sepultada por el volcán Vesubio y congelada bajo las cenizas hasta la actualidad, desespera a la Unesco.

El descuido y las corruptelas del Gobierno italiano en relación al yacimiento, que es patrimonio de la humanidad, ponen en peligro este escenario de los sueños, en el que es posible imaginarse la historia y la vida de sus sorprendidos y aterrados moradores que quedaron inmovilizados por las cenizas y los gases que escupía la montaña próxima. Es como viajar 2.000 años atrás en una máquina del tiempo que permite acercarse a los modos de vida de aquella gente, que en el fondo no era tan distinta a la de ahora, sufría y disfrutaba de una forma no muy diferente y vivía en las inmundicias de la corrupción como en los tiempos actuales.

En la Roma clásica los chanchullos estaban a la orden del día y las normas que se dictaban para impedirlos eran papel mojado, como ahora. Personajes en apariencia tan respetables como Catón, que se desvivía por prohibir el lujo en los banquetes, trincaban todo lo que podían con sus negocios ocultos, incluso con testaferros. O el mismísimo Cicerón, que sin ser rico tenía un patrimonio envidiable e interpretaba leyes sobre delitos de expoliaciones que cometían los magistrados. O Séneca, defensor de la austeridad a todo trapo, que se hizo con una fortuna por medios poco claros.

Visto lo visto, qué dirá la historia de los Bárcenas y compañía, individuos que echan por tierra la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas, a las que están hundiendo en una ciénaga insufrible.