El hombre tranquilo es el título de una maravillosa película de John Ford, que constituye una de las cumbres de su obra y del cine como arte. Pero el hombre tranquilo es también la mejor forma que, aún impactado y muy triste por la noticia de su muerte, se me ocurre para definir a quien fuera un hombre de bien, un gran amigo y un político distinto a casi todos los que he conocido a lo largo de mi vida. Estoy hablando, obviamente, de Anxo Guerreiro, Geluco para quienes tuvimos el privilegio de tratarlo y disfrutar de su rápida y fina inteligencia, su optimismo berroqueño y su inquebrantable coherencia.
Yo puedo decirlo en voz bien alta, porque estos elogios no son los que se regalan a quien ya no está para escucharlos: hace años, no sé cuántos, escribí en este mismo lugar sobre Geluco, para destacar mi admiración por quien creo que la merecía como pocos.
Anxo era un hombre tranquilo no porque no tuviera bastante de fuguillas, pues como no conducía era frecuente verlo apurado para coger un tren o salir al encuentro del amigo que habría de llevarlo. Anxo era un hombre tranquilo no porque no estuviera siempre dispuesto a defender con firmeza sus creencias, defensa que excluía, sin embargo, toda maledicencia u ofensa personal. Anxo era un hombre tranquilo no porque no hubiera estado metido de hoz y coz en las grandes batallas por la libertad que ha librado este país: las de la democracia, la Constitución y la autonomía.
No, Geluco era un hombre tranquilo como lo son solo quienes carecen de ambiciones personales, garantía suprema de la verdadera libertad. Geluco no ambicionó jamás bienes materiales, lo que hace de su trayectoria personal un ejemplo en estos tiempos en que tantos hombres públicos viven obsesionados con llenarse, a cualquier precio, los bolsillos. Pero Geluco, que, de un modo u otro, dedicó toda su vida a la política, tampoco tuvo jamás más ambiciones en ese terreno que la de ver realizado aquello en lo que creyó desde muy joven: la libertad, la justicia y la igualdad. No era un idealista, pero era un hombre que creía en sus ideas, que antepuso siempre a cualquier tipo de interés o proyecto personal.
Bajo su aspecto frágil, de quien ha tenido la misma edad toda la vida, se escondía un hombre cabal, cuyos errores -¿qué ser humano no los tiene en sus alforjas?-fueron muy inferiores a la que creo era su primera fortaleza: su admirable integridad, mantenida a capa y espada en medio del torbellino de ambiciones en que le tocó vivir la rica existencia que ayer injustamente se truncó.
Ese es sin duda el mejor patrimonio que deja Geluco a su mujer y a su hijo, a quienes desde aquí quiero enviar un fuerte abrazo en mi nombre y en el de todos los que tanto lo quisimos. Y es el mejor patrimonio que deja a su país, que lo ha admirado y hoy lo llora.