Primero dijimos que sería mucho mejor presidente del Gobierno que líder de la oposición. Y no nos ha ofrecido ningún motivo para presumir de que estábamos en lo cierto. Luego, afirmamos que formaría un Gobierno de gente capacitada, olvidándose de amiguismos y de premiar lealtades. Y nos volvió a decepcionar. Aseguramos después que, frente a la grandilocuencia y el adanismo de otros, se limitaría a gobernar aplicando el sentido común y a cumplir su programa electoral, sin dejarse influenciar por nadie, ni dentro ni fuera de España. Y tardó muy poco en dejarnos en evidencia. Del mito de Rajoy ya solo nos quedaba, por tanto, la tesis del «señor normal», del hombre honrado y del político astuto y precavido, al que nunca cogerían en un renuncio porque nunca se mojaba en nada. La aparición de los mensajes que se cruzó con Luis Bárcenas durante años y la lectura de su contenido ha hundido el último tablón al que nos aferrábamos los que, sin ser precisamente fans suyos, nos empeñábamos siempre en defenderlo pese a todo, por entender que era lo menos malo en una España políticamente indigente.
Mariano Rajoy ha destruido uno a uno, tozudamente, todos los argumentos de quienes, sin deberle nada, no quisimos sumarnos al coro de los que, de manera poco democrática, deslegitimaron desde un principio a un presidente que obtuvo una mayoría absoluta inapelable en las urnas. Si alguien me hubiera dicho que en medio de una gravísima crisis, y después de que se descubrieran las cuentas millonarias de Bárcenas en Suiza, Rajoy se dedicaba a teclear personalmente mensajes SMS comprometedores dirigidos al ex tesorero del PP, le habría dicho que estaba loco. Rajoy podrá ser cualquier cosa, un cínico incluso, pero seguro que no es un incauto ni un irresponsable, le habría respondido. Y, sin embargo, el ingenuo era yo.
El clavo final es la negativa a dar la mínima explicación sobre lo sucedido. No sé a otros, pero a mí no me quedan argumentos para defender a Rajoy. Respaldar su rueda de prensa de ayer, en la que desaprovechó la que quizá fuera su última oportunidad para justificarse, es algo que queda ya solo para sus allegados y para aquellos que le deben algo. Entre lo poco que dijo, Rajoy cometió dos errores gravísimos. El primero, indigno de un demócrata, es confundir las acusaciones contra él, ciertas o no, con un ataque «al Estado». Como si fuera Luis XIV. El segundo, insinuar que calla para mantener la «estabilidad» del país, cuando no hay país más inestable que el que tiene un presidente a la fuga. Rajoy no está obligado a dimitir, por graves que sean las acusaciones contra él. Tiene toda la legitimidad que le dan sus 186 diputados en el Congreso y todo el derecho del mundo a defenderse y a rebatir a quienes, en los medios y en sede judicial, lo acusan de corrupto. Lo que resulta indigno es que no dé explicaciones y obligue a los españoles a hacer un acto de fe.