Cuando el adulterio era pecado

OPINIÓN

11 jul 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Hace cuarenta años, cuando el adulterio era pecado y delito y no existía el divorcio, se hizo muy popular un consejo algo macarra que ayudaba a salir de los apuros: si un hombre o una mujer es sorprendido en la cama en compañía de un afecto colateral no oficializado, ambos desnudos y en plena fiebre amatoria, lo primero que se debe hacer es negarlo todo, escandalizarse de las imputaciones, y decir que las cosas nunca son lo que parecen. El cine de la época, cuando López Vázquez y Mariano Ozores enseñoreaban las «españoladas», le sacó mucho jugo a esta filosofía, que, a pesar de lo predecible que era, llenaba de carcajadas el patio de butacas. Pero todos esos eran unos aficionados si los comparamos con los actuales dirigentes del PP, que sorprendidos con el sobre en la mano, y en medio de las divisiones internas provocados por tan obscena actividad, lo primero que hacen es negarlo todo, escandalizarse con tan directas imputaciones, y echar mano de su ética esencial -«Rajoy es intachable en todo», dijo Arenas- como argumento definitivo contra los plebeyos que señalan con el dedo a los chorizos.

En contra de lo que afirma Feijoo, para quién solo interesa lo que diga la Justicia, el caso de la financiación ilegal del PP es de una gravedad y una evidencia política fuera de toda duda, que lejos de agotarse en la peripecia procesal de Bárcenas, interpela de una manera radical a todos los dirigentes de esta formación, no solo a los que han participado en el reparto ilegal e inmoral de beneficios, sino a los que han dado cobertura y engrase a una trama delictiva que, si ahora no es abordada de forma conveniente, acabará extendiendo la ponzoña a todas partes.

Entre mis defectos políticos no está el de chuparme el dedo. Y por eso no exijo -en plan Cayo Lara- que todo el PP se vaya a la plaza pública a rasgarse las vestiduras e inmolarse en el altar de la ética pública. Bien al contrario, creo que, siendo el PP la única opción de gobierno que tenemos a la vista, y la única bendición estratégica de la que podemos disfrutar en este catastrófico escenario de crisis, Mariano Rajoy tiene la obligación de resistir. Porque si malo es el caos que puede venir de un rubalcabismo indignado y obligado a pactar con todos los outsiders del sistema, peor sería aún que el relevo de Rajoy procediese de la derecha más rancia, presidida por Aznar y liderada -«prietas las filas, recias marciales»- por Esperanza Aguirre.

Pero Mariano no puede resistir así, burlándose del país y emulando las españoladas de López Vázquez y de su tocayo Ozores. Porque, no teniendo más ideas políticas conocidas que la necesidad de «ser serios» y «tener sentido común», su silencio burlón y falto de estilo es como una censura a su propio Gobierno. Y mucho me temo que, en estas circunstancias, no le vamos a poder ayudar.