La verdad forma parte de cualquier decálogo moral que se precie. Por eso enderezamos a los niños que mienten, despreciamos a los novios que engañan y liquidamos a los amigos impostores. Aunque el embuste sea una estrategia de supervivencia, se condena la trola zafia, la bola trapalleira y ostentosa, porque nos subestima como víctimas de la patraña. Solo hay una actividad humana que en España ha promocionado el camelo sin consecuencias: la política, construida sobre un andamiaje de ficciones dialécticas y estructurales que a estas alturas mantiene a la ciudadanía perpleja y desenamorada. La pamema se sublima en las campañas electorales, cuando los candidatos aúllan promesas imposibles con el descaro cateto que solo puede ensayar quien desprecia con saña a su público.
El teatro se ha instalado también en la comunicación diaria de la gestión pública. Nunca el off y el on the record habían sido tan contradictorios. Y como los partidos han impuesto el discurso único, se condena la disensión con el destierro político y esto obliga al revoltoso a enmascarar sus puntos de vista cada vez que pretende cambiar el paso de la manada. Esta apología chabacana de la mentira ha rozado el paroxismo con el caso Bárcenas, que ha empujado a la cúpula del Partido Popular a enhebrar un collar de mentiras que primero se colgó Mariano Rajoy con aquel freudiano «nadie podrá demostrar que Luis no es inocente». Luego vino todo un sumario, eso sí, en diferido. Con el tesorero en la cárcel, ¿nadie purgará por tanta farsa?