Los viejos se nos mueren en soledad, sin el mimo del ser querido. Ahogando su angustia y rumiando entre cuatro paredes el abandono de todos. Un inoportuno infarto, una caída malhadada o un incendio suelen acabar con su último aliento sin un testigo para contarlo cuando el auxilio llega a destiempo. Han dejado de ser útiles y quedan arrinconados en las aldeas con los recuerdos de los tiempos idos, sin recompensa por haber peleado a brazo partido de sol a sol durante decenios y sin conocer lo que es un derecho sindical. Han sacrificado sus propios anhelos para sacar adelante a sus hijos y a sus pueblos, ahora también semiabandonados. Más de 120.000 mayores viven solos en la Galicia rural, que muere en el olvido, con los campos y los montes tomados por la maleza, que solo dan pasto a los incendios de verano y con un futuro más gris que la ceniza de los prados abrasados por el fuego.
Nuestros ancianos no se merecen una sociedad así, insensible y con los juzgados colapsados por los casos de corrupción, a todos los niveles, desde los concellos hasta los mismísimos tuétanos del Estado. En Brasil, escarmentados por los gritos de la calle, desempolvaron una norma que convierte las corruptelas en un crimen hediondo, sin indultos o fianzas. Aquí la gente se contenta con que Pablo Ruz mande a prisión al rostro que personifica el barro que envuelve a la clase política. Bárcenas, el de los 48 millones en Suiza. Seguro que en su celda tendrá algún ruiseñor que le cante, como en el romance del prisionero. Busca los defectos procesales de la causa para librarse de las cadenas y dejarnos a todos boquiabiertos con otra peineta ante las narices de la Justicia.