Es un superviviente nato. La máxima expresión de la resiliencia, la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. A Rajoy se le ha dado por muerto muchas veces. Tras su segunda derrota electoral parecía un cadáver político, pero se sobrepuso y se convirtió en presidente en la peor situación imaginable. Solo lleva 18 meses y en varias ocasiones ha estado al borde del abismo. Evitó el rescate total, que no el bancario, gracias a Draghi. Ha logrado que ya nadie le pregunte por Bárcenas sin que haya dado explicaciones. Pero quizá el momento más crítico fue la rueda de prensa, hace dos meses, en la que Sáenz de Santamaría, De Guindos y Montoro, como los tres jinetes del apocalipsis, anunciaban el desastre augurando que su mandato acabará con más parados de los que empezó. Una declaración tal de impotencia que algunos declararon finiquitada la legislatura. Pero Rajoy ordenó cambiar el tono y él y sus ministros empezaron a vender brotes verdes y luz al final del túnel. Un muy buen dato de paro en mayo y algunos indicadores bastaban para tornar el pesimismo paralizante de sus propias previsiones en optimismo rayano en triunfalismo. Al tiempo toreaba a Aznar, se sacaba de la chistera un pacto con Rubalcaba que le beneficia y anunciaba una rimbombante reforma de la Administración cuyo alcance está por ver. De momento ha controlado la situación, pero todos los frentes siguen abiertos. Rajoy acumula más poder que ningún otro presidente y ha demostrado ser de teflón, pero va a necesitar mucho más que capacidad de resistencia para escapar indemne de esta legislatura.