Errores bancarios

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

Trabajaba en un banco alemán. Aquel día le tocaba controlar más de ochocientos documentos. Hay contradicciones demostradas por la práctica. Como eso de que el estrés anestesia. El empleado en cuestión se quedó dormido. Y el dedo se le enganchó en una tecla del ordenador. Concretamente, se encaprichó con el 2. Un número bajo, pequeñito. Sin embargo, dio lugar a una cifra enorme, de esas que los ciudadanos de infantería solo conocen de oídas. Porque de ese modo transfirió por error 222 millones de euros a una cuenta a la que en realidad iba a ingresar 64,2. Resulta que el hombre fue despedido. Pero recurrió a los tribunales. Los jueces determinaron que hubiera bastado con una simple bronca porque fue una equivocación derivada del atracón de operaciones. Una especie de indigestión laboral. Se desconoce si existió ese instante impagable en el que el titular de la cuenta vio que sus ahorros habían pegado el mágico estirón, ese burbujeo cerebral que tiene que parecerse al alegre crepitar de la copa de champán. Hay otros ecos de otros errores (sí, se merecen la siempre taimada cursiva) bancarios, sostenidos en el tiempo. Indignación por otras cuentas en las que se aplicó la resta y la división. En estos últimos casos, el dedo no se enganchó a la techa, se quedó prendido en el billete. En Internet circula un montaje fotográfico. Dos imágenes. En una, una señora anónima de cierta edad. En otra, una no imputada de sobras conocida. La cuestión es que, al parecer, una tenía la obligación de saber qué eran aquello de las preferentes mientras que, para la otra, es perfectamente natural no estar al tanto de lo que hacía su marido.