A los periodistas políticos nos erotizan las actuaciones de Aznar. Supongo que al ciudadano medio le traen sin cuidado las lecturas sutiles que se hacen sobre sus intenciones, sus gestos, sus tonos y sus compañías, pero el periodismo político de corte vibra como si de esas intenciones, gestos, tonos y compañías dependiera el futuro del país. Ayer, sin ir más lejos, hubo diarios que le dedicaron la portada, como si una divinidad se hubiera aparecido en carne mortal. Nunca una conferencia dio tantos titulares. Las tertulias vibraron con la agitación de los hechos extraordinarios. Los comentaristas le aplicaron el microscopio para ver si sus nuevas palabras traían la paz o mantenían el pulso con Rajoy. La presencia de Soraya en el acto era acontecimiento singular, como la visita de Eisenhower a Franco. Y Aznar, al ver y escuchar todo esto, se tiene que sentir endiosado. ¿Quién mueve más opinión en España?, le preguntó al espejo y el espejo respondió: José. ¿Quién levanta más expectación? María. ¿Quién es el líder por antonomasia? José María. ¿Quién es José María? Aznar. Gracias, espejo mágico.
José María Aznar no dijo nada nuevo respecto a la entrevista de Gloria Lomana. No había noticia, por lo tanto, en su anunciada conferencia. ¿Dónde está, por tanto, su magia? En que los cronistas políticos somos, en el fondo, carnívoros que olemos la sangre: a ver si se consuma el crimen; a ver si el padre sacrifica al hijo delante de la grey; a ver si perdemos el gran espectáculo de la inmolación? Esa es una parte de la explicación. La otra, que el profeta Aznar tiene tres o cuatro ideas, y una idea en este tiempo de sequía es un tesoro capaz de fabricar una personalidad de relieve histórico. Las soltó en Antena 3, saboreó el impacto y las plasmó en papel: ya está construida una ideología. Ya tenemos el aznarismo de la crisis.
Y atención: ese orador del bigote diluido no quiere volver a la presidencia ni por aclamación. Quiere otra cosa: quiere que su sucesor en el partido asuma sus propuestas. Se siente poseedor de una insólita capacidad de diagnóstico amparada en su experiencia de gobierno. Y se siente en poder de la legitimidad para imponer su criterio. Lo suyo no es un programa de gobierno; es una inspiración de gobierno. Es como Yahvé, que se aparece en la zarza ardiente y le entrega a Moisés las Tablas de la Ley: amarás a tus ideas del PP por encima de todas las cosas; harás reformas de mayor intensidad; meterás en cintura a todos los que quieren romper la unidad de la patria; usarás los impuestos para hacer crecer la economía; cambiarás tu languidez por decisión; usarás la fuerza de tu mayoría absoluta? Así veo yo a Aznar en la tierra prometida. Es su forma de volver.