No es por los árboles, ni por conservar el único parque en el área más moderna y rebelde de la ciudad, es una lucha que va más allá, es una pelea entre una concepción reaccionaria, retrógrada e hipócrita de la vida y la voluntad de conservar el espíritu moderno, progresista y, ¿por qué no reconocerlo?, occidental de la urbe y, por ende, de la sociedad. Y es que, las manifestaciones en la plaza Taksim de Estambul, y en ello lleva razón el primer ministro turco Erdogan, son una muestra de la actividad de la oposición a su Gobierno conservador. Pero una oposición que va más allá de los partidos ya que, entre los que protestan se encuentra muchos de sus votantes. A Erdogan se le ha visto el plumero autoritario bajo su discurso moderado y conciliador. En cuanto algunos ciudadanos salieron a protestar contra una decisión que intenta acabar con uno de los pocos bastiones de libertad laica de Estambul, en lugar de escucharles, azuzó a la policía para dispersarles. Y si por algo es conocida la policía turca es por poco amable y civilizada. Erdogan contaba con que el adormecimiento de los turcos por la reciente prosperidad económica le permitiría soslayar la influencia del despertar árabe pero se equivocó. Puede que los turcos vivan mucho mejor pero son conscientes del coste social: recortes en derechos y libertades con una paulatina imposición religiosa. Erdogan se esforzó en debilitar al único estamento que creía capaz de hacerle frente: el ejército, pero se olvidó de los ciudadanos, los que de verdad cuentan al final.