Perderse


Hay carreteras por las que pasas mucho, quizá todos los días, y te acostumbras. Acostumbrarse tiene algo de bueno y bastante de malo, porque significa acomodarse, encontrarse confortable con algo o con alguien, y eso está bien. Pero una preposición muestra nítida la diferencia entre hacer las cosas de costumbre y hacer las cosas por costumbre. Lo hecho solo por costumbre deja de verse, de percibirse, de sentirse.

Me di cuenta ayer al volver al periódico después de presenciar en Acea de Ama los ensayos de la Fiesta Voz Natura que se celebra hoy. Me equivoqué de camino y, por costumbre, emboqué en automático un recorrido innecesariamente largo. Ya en él, me dejé ir, pero se me ocurrió de repente una idea para acortarlo y, además de equivocarme de nuevo, me perdí. Gran suerte, porque pude transitar por pistas desconocidas en territorio conocido. Conducía algo atontado y enseguida me espabilé, no solo porque tenía que reencontrar el camino, sino también porque estaba viendo los paisajes de siempre desde otra perspectiva, mucho más amena y enriquecedora, diferente. Hice incluso un par de descubrimientos, pese a que el itinerario discurría casi en paralelo al habitual, apenas cien metros más arriba o más abajo.

Por la mañana también me había perdido escuchando a José Mújica, el sabio presidente uruguayo, antiguo guerrillero. La periodista le preguntó por su conocida austeridad personal y el inicio de su respuesta me cautivó: «Mi manera sobria de vivir, no quiero utilizar la palabra austeridad, porque está prostituida en Europa...». Y ya no pude dejar de escucharlo hasta el final. Estaba ante mi paisaje de siempre visto desde otra perspectiva.

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