Cuando se va a las urnas a hacer el payaso

OPINIÓN

30 may 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Beppe Grillo es un payaso de profesión, y tiene derecho a pedir la colaboración del público para darle realce a sus payasadas. Por eso me cuidaré muy mucho de reprocharle su decisión de acudir a las urnas en febrero y alzarse, en la práctica, con la victoria electoral. Lo que en cambio no me merece ningún respeto es que sean los electores, que no son payasos de profesión, los que, en el momento más delicado de Europa y de Italia, hagan payasadas con su voto. Porque ellos tienen la obligación de distinguir el teatro de la realidad, y no deben colaborar con el payaso a costa de las cosas de comer.

Tampoco me merece mucho respeto la jarca de intelectuales que, aprovechando la crisis, pronostican a diario el derrumbe del sistema, para entronizar en su lugar cualquier trapallada que asome por Twitter o a cualquier gracioso que ponga contra las cuerdas a políticos e instituciones. Y llego incluso al desprecio cuando, después de verlos saludar el advenimiento del payaso como una esperanza de renovación democrática, escriben estos días que ellos ya lo decían, y que la aventura de Grillo era la flor de un día. Porque así no se hace ni la democracia ni los farrapos de gaita, y vale la pena que, los pocos que no hacemos demagogia con tan lamentables disparates, recordemos oportunamente la lección de la historia.

El pasado 28-02-2013, comentando el éxito del M5E y la encerrona que destrozó a Bersani, me permití escribir: «Hay desgracias que no se explican sin la intervención de los pueblos, y, cuando tal cosa sucede, no tiene sentido desviar la crítica hacia la clase política o el sistema. [?] En Italia, por ejemplo, acaba de hablar el pueblo. Y, lejos de dar ejemplo de virtud y claridad política, acaba de evidenciar la supina ignorancia y la levedad con la que se tratan los asuntos públicos. Y no me parece perdonable que, en el momento más crítico de la posguerra, se haga depender el futuro de una elección tan esperpéntica».