El atropello y posterior degüello de un soldado británico a las puertas de su cuartel de Woolwich nos ha sobrecogido a todos. No menos descorazonador fue ver cómo en el transcurso de los minutos que tardó la policía en llegar al lugar, algunos viandantes transitaban ajenos al drama que se vivía a pocos metros. El apuñalamiento, días después, de un soldado en Francia reactivó las alarmas sobre un rebrote terrorista a través de ataques directos.
Londres es, junto a París, una de las ciudades donde los levantamientos de jóvenes de ascendencia emigrante se producen con regularidad. Lo que no es habitual es que estas algaradas se produzcan también en Estocolmo.
Todos estos brotes tienen lugar en barrios o suburbios de gran mezcla racial, con un nivel educativo bajo, una situación económica limitada y un alto desempleo, es decir, donde el descontento social es elevado. Los que provocan los altercados suelen ser jóvenes de la segunda generación de emigrantes, nacidos y educados en Europa que, a pesar de identificarse con su lugar de residencia, sienten que sus derechos y oportunidades son muy inferiores a los de los nacionales oriundos. Su sentimiento de discriminación les empuja a un pensamiento radical, casi siempre musulmán, que entiende que Occidente es la causa de todos sus males y, por lo tanto, debe ser combatido desde dentro. ¿Es terrorismo o también falta de integración y desesperación?