Uno de los graves daños colaterales, de las secuelas de la crisis económica que parece instalarse sine die en la sociedad española, son las casas de empeños, que brotan como las setas en otoño en múltiples locales de las calles comerciales de las ciudades españolas.
Algunas se camuflan como casas de compra y venta de productos de segunda mano, de objetos obsoletos o usados. Tienen nombres en inglés y no resultan tan obvios como las tiendas del «compro oro».
En Madrid, la cadena de tiendas cash tiene abiertos al público, en los distritos más comerciales de la capital, diez espaciosos locales que nos hacen añorar los montes de piedad de la posguerra, las tradicionales casas de empeños de las cajas de ahorros y sus papeletas/recibo de ida y vuelta.
He entrado en una moderna casa de empeños de la calle de Alcalá. Todos los días, al pasar por la puerta, una cola numerosa de hombres y mujeres esperan que den las diez de la mañana para que abra el establecimiento y puedan vender su mercancía doméstica, cambiarla por los euros de la miseria y de la usura.
Lo primero que vi fueron dos trajes de primera comunión. Un blanco traje para una niña vestida de novia y un uniforme de marinero civil para un pequeño rapaz. El precio de venta era más o menos un tercio de lo que había costado cuando sus primeros propietarios vistieron de ilusión infantil a los pequeños comulgantes. A su lado se exhibía un acordeón prácticamente nuevo y un reluciente saxofón dorado con su impecable estuche. Miré fijamente ambos instrumentos y me pareció que las notas musicales que estaban encerradas en el fuelle me pedían auxilio para escaparse conmigo, para salir a la calle, mientras el saxo se lucía interpretando para mí de manera inaudible una bella versión del tema de Coltrane Mis cosas favoritas.
Un yonqui reciclado, «limpio», como le dijo al vendedor/comprador enseñando un recibo de propiedad, vendía una cadena de oro, «regalo de mi madre, cuando era pequeño», mientras exclamaba en voz alta: «Diez gramos de oro, diez euros, ladrones».
No quise ver más, ni perderme en la selva de cachivaches, en un mar de teléfonos móviles y juegos de ordenador usados, de cámaras de fotos y cochecitos de bebés. Los ajuares de tantas vidas rotas por el paro y la exclusión, por la codicia de los poderosos, por el hambre al acecho. Allí estaban expuestos los baúles de la fantasía infantil de la mañana de Reyes, los regalos de las peticiones de mano prenupciales e incluso las alianzas que sellaron amor eterno.
Hemos regresado a un país que vuelve al pasado, a una España en blanco y negro, al país de las casas de empeños bordeando todas las miserias. Daños colaterales.