Aunque parezca lo contrario, Rajoy le gana esta vez a Aznar. Al menos la baza de la tranquilidad. La andanada del expresidente del Gobierno, cruel, casi despiadada, contra el hombre al que designó con el que en otra hora era su infalible índice cayó como una tromba en el PP -en los círculos más marianistas-, pero el presidente guardó la calma. Y le devolvió la pulla con una frase que constituye un grave desprecio al mentor. Lo equiparó con los otros mortales que también fueron presidentes del Gobierno y sobre quienes, por lo escuchado de su boca en ocasiones, Aznar tiene una opinión más bien poco benevolente. «No comento jamás las opiniones de otros presidentes del Gobierno», zanjó Rajoy.
Pero una cosa es ganar la batalla de la mesura y otra no quedar tocado por el órdago de Aznar. Porque si la imagen del presidente ya estaba dañada, la reaparición de Aznar, con unas enormes ganas de que le pidan que acuda al rescate del país, seguro que en más de uno sembró alguna duda sobre la capacidad del jefe del Ejecutivo para sacarnos del atolladero. No obstante, como dicen que dijo un diputado, «Aznar no quiere volver, solo quiere joder».
Aunque con el personaje nunca se sabe. En la entrevista dio muestras claras de que él no rehúye sus responsabilidades y de que «por su partido y por España» está siempre a disposición. Aún no sabe que para muchos su marcha fue un alivio enorme. Tiene una personalidad compleja, sin duda; quizás no tanto como para recurrir a un psiquiatra con el que analizar sus palabras, como hizo una emisora de radio. Tal vez el meollo del aznarazo esté en líos más mundanos que sacuden al PP.