Cuando el nacionalismo no tiene un enemigo a mano, se lo inventa. Acaba de hacerlo el nacionalismo británico, que ha declarado a la UE causa de todos los males de las islas; y acaban de hacerlo, por estas latitudes, los nacionalistas gallegos, a quienes Xesús Alonso Montero, aparte de otras lindezas, les parece, ¡pásmense!, un irredento españolista. ¡El mundo del revés!
Admiro y respeto al eximio profesor desde hace años y aunque lo sé buen conocedor y gran amante de la literatura en castellano, no le he oído jamás hablar en otra lengua que el gallego. ¡Curiosos españolistas estos que utilizan el gallego de forma habitual y sorprendentes galleguistas esos que solo lo hablan ritualmente y se pasan al castellano en cuanto no tienen un micro o una cámara delante!
En defensa de una de las dos lenguas de Galicia, entonces en posición de franca discriminación respecto al castellano, Alonso Montero escribió en 1969 O porvir da lingua galega, y en 1973, su célebre Informe dramático sobre la lengua gallega, que fue un aldabonazo para toda una generación. A lo largo de los años, ese españolista, que ha llegado a presidente de la Real Academia Galega con abrumadores méritos, ha escrito ensayos sobre lo más granado de la literatura en nuestra lengua vernácula, desde Rosalía a Curros, pasando por Pimentel, Cabanillas o Cunqueiro.
¿Por qué, pues, esa inquina contra quien, solo dándole la vuelta a la realidad de un modo descarado, puede ser calificado, ya no de enemigo, sino de poco amigo del gallego?
A mi juicio, porque hay quienes, convencidos de que Galicia y la lengua gallega son su patrimonio de partido, han decidido convertir a la una y a la otra en armas de lucha política, que les sirven para distinguir a los buenos de los malos, a los de aquí de los de fuera, y a los defensores del país de los que están supuestamente dominados por lo que, en invento demencial, se ha calificado en ocasiones de autoodio.
Este país no se asemeja para nada, sin embargo, a esa forma sectaria de analizar su realidad. Y es que, como bien acaba de señalar el propio Alonso, «o galego é de todos. O idioma non é nin do grupo A, nin do grupo B, é o idioma de Galicia, fálano ricos e pobres, parados e non parados, de esquerdas e de dereitas».
¿Puede una declaración tan obvia sonar a revolucionaria? Sin duda, porque acostumbrados a un sectarismo que hace del gallego arma de separación en lugar de vínculo de unión, afirmar lo contrario con la claridad con que lo ha hecho quien hoy es nada más ni nada menos que presidente de la Real Academia Galega constituye un acto de gran valentía personal y valor cívico, que deseo agradecerle a Alonso Montero, como ciudadano y como amigo, de todo corazón. Hacer este agradecimiento el Día das Letras supone, además, un placer añadido para mí y espero también que para él.