En España sigue habiendo mucha gente que cree que la política es una realidad autónoma, que va por donde quiere y no por donde la llevan. Y eso trae dos consecuencias difíciles de administrar. La primera, que cuando nos cansamos de un Gobierno nos parece lógico votar al partido opuesto, porque nunca acabamos de creer que las políticas que hace la izquierda y la derecha son esencialmente diferentes y duelen o dan placer en sitio distinto. Y la segunda, que nunca entendemos nada de lo que nos dicen los políticos, porque siempre pensamos que, con independencia de quienes sean los votantes que conformen una mayoría, solo hay un pensamiento correcto que -a base de proclamar en el aire derechos e igualdades, y de separar la economía de la política- tiene la capacidad de legitimar a quien gobierna.
Esto se ve a diario en las calles, donde miles de manifestantes que votaron al PP se rasgan las vestiduras porque el PP hace políticas liberales. Y lo mismo se vio el miércoles en el Congreso, donde Rubalcaba y Cayo Lara intentaron convencer a Rajoy de que las políticas de izquierda son más guais que las de derecha, y que cuando no se acepta tal presupuesto solo puede deberse a que el Gobierno no sabe adónde va o a que se haya vendido al capital monopolístico internacional y a las manías siempre malévolas -por conservadoras- de Merkel.
A partir de tales supuestos, la política española se mueve siempre al filo de lo imposible, con Rubalcaba ofreciéndole a Rajoy un pacto para gobernar como lo harían los socialistas; con Cayo Lara convenciendo a los europeos de que todo se puede arreglar nacionalizando bancos, aumentando funcionarios, criminalizando el despido y socializando la producción; con Artur Mas exigiendo que el Gobierno y las instituciones del Estado reconozcan el derecho de secesión a la carta; con las feministas intentando convertir el aborto en un derecho progresista -que hasta los curas debieran aceptar-, en vez de reconocer que es la terrible y única solución que se nos ocurre para un problema que nos desborda.
En este contexto creo que el único «relato» que escuché esta semana -¡y ya era hora!- fue el de Rajoy. Porque le llamó al pan pan, y al vino vino; porque dijo que el PP es liberal y no va a pactar políticas de izquierda; porque no está dispuesto a congraciarse con la calle a base de cambiar de modelo económico todos los días; y porque asumió que todo es discutible menos volver al lugar de donde venimos. A eso le llamo relato. Aunque es obvio que la gente no le entendió, porque aquí se sigue creyendo que el voto no prefigura las políticas, y que el norte de todo gobernante tiene que fijarse en las algaradas, en Twitter y en las tertulias, donde todo se resuelve con viento mareiro, y donde la economía y los servicios esenciales no tienen relación entre sí. Amén.