Ayer hubo una huelga en todos los niveles de la enseñanza pública. Como siempre ocurre, tuvo mucho éxito si se escucha a los convocantes, y escaso seguimiento si se hace caso a las autoridades educativas. Lo mismo cabe decir de sus motivaciones: si se oye al ministro de Educación, no hay razón para la protesta, porque la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa ha sido consultada con todos. Si se oye a los portavoces del conflicto y otras voces de la izquierda, estamos ante una ley ideológica, extremadamente conservadora, que nos devuelve poco menos que a la educación del franquismo.
Este cronista no está capacitado para emitir un dictamen. Lo único que puede decir es lo siguiente: que España tiene un problema secular con su educación; que salimos malparados en todos los índices de calidad de los organismos internacionales; que sufrimos un índice de fracaso escolar que es, en el fondo, un fracaso del sistema; que no tenemos ningún centro público, de ningún nivel, entre los más prestigiosos, y que la educación no está sirviendo para crear un país competitivo, aunque esto último merece muchos matices y es una generalización excesiva.
Ante esos diagnósticos, que se repiten y consiguen acomplejar a este país, ¿qué se hace? Que cada Gobierno que llega se considera imbuido de la razón suprema y que él tiene la solución mágica. En consecuencia, hace su reformita, cuya duración queda limitada de forma inexorable a la duración de sus poltronas. Y además, es una materia sagrada. El PSOE, que aceptó todo en la redacción de la Constitución, rompió el diálogo cuando se llegó al capítulo educativo; por algo sería. Y hubo un ministro, Ángel Gabilondo, que hizo todo lo posible para lograr un acuerdo, y ¿quién lo rompió? El Partido Popular, cuyos negociadores tenían instrucciones «de arriba» de no pactar ni una coma; por algo sería también.
Mientras unos tratan de imponerse a los otros, solo cabe una conclusión: los Gobiernos de la alternancia no tratan de arreglar el sistema educativo, sino de meter su ideología en ese sistema. Y así, vamos encaminados a crear un escenario de conflicto de duración eterna. Ayer se oían declaraciones de padres y profesores de auténtico tono bélico. Era como si se tratara de llevar la indignación social a un territorio tan sensible como las aulas donde se forman nuestros hijos. Mientras, las autoridades se conformaban con la pírrica victoria de solo el 20 % de seguimiento del paro. Y así andamos: a esperar la próxima huelga. A esperar el ¿próximo? cambio de Gobierno. Y algunos padres en las emisoras presumiendo de hijo huelguista de cuatro años. Han quitado la Educación para la Ciudadanía y han puesto Educación para el Conflicto.