Vivimos más tiempo que nuestros abuelos y debemos pedir perdón por ello. Entonemos el mea culpa. Con esa manía de prolongar la existencia estamos causando daños irreparables: pulverizando el sistema de pensiones e impidiendo que nuestros hijos cobren en el otoño de su vida. Afortunadamente, he dado con la solución: un programa universal de eutanasia colectiva. Dejemos que los jubilados disfruten del retiro un par de años y, después, ¡zas!, funeral y al hoyo. Invirtamos la pirámide demográfica. El superávit volverá a florecer en los campos de la Seguridad Social y nuestros hijos nos recordarán, agradecidos, con una foto enmarcada sobre la mesilla de noche.
Perdónenme el sarcasmo, pero es que me irritan los profetas apocalípticos. Los que auguran que el alargamiento de la esperanza de vida conduce, inevitablemente, a la bancarrota del sistema. Y proponen, en consecuencia, la cirugía habitual: jubilación tardía, períodos de cotización inalcanzables, pensiones más bajas. Todo en aras de la cacareada sostenibilidad.
Déjenme decir algunas cosas al respecto. Una: no se fíen de las proyecciones a medio plazo. Ni de las halagüeñas ni de las catastrofistas. Si aún no hemos escarmentado, les ofrezco un nuevo dato para alimentar el escepticismo. La Comisión Europea aventuró, en tres ocasiones distintas -años 2001, 2006 y 2009-, la población que tendrá España en el 2050. Y en cada una de las tres revisó al alza su pronóstico: 35,1 millones de habitantes en la primera apuesta, 43 millones en la segunda y 53,2 millones en la más reciente. ¿Alguien puede, sobre esas arenas movedizas, edificar un argumento sólido y creíble?
Dos: España es uno de los países de la Unión Europea que menor porcentaje de PIB destina al pago de pensiones. A Italia le cuestan actualmente más del 14 % y a España le costarán, en el aciago horizonte del 2050, un 15,5 % de su riqueza anual. Apenas un poco más, pero con una particularidad: la España de entonces, por más que los Gobiernos se empeñen en evitarlo, será más rica que la Italia de hoy. Y tal vez podamos permitirnos ese dispendio.
Tres: ¿Por qué los oráculos que auguran la quiebra del sistema ponen el énfasis en el crecimiento del gasto, derivado del envejecimiento poblacional, y dan por hecho que los ingresos permanecerán estancados? ¿Hemos renunciado definitivamente a crear puestos de trabajo y, antes de la fatídica fecha del 2050, a recuperar la afiliación a la Seguridad Social?
Quizá aquel ejército de veinte millones de trabajadores que una vez tuvo España sucumbió, para siempre, en el Waterloo de la crisis. De lo contrario no se entiende por qué, a la hora de analizar las perspectivas del sistema de pensiones, no se introduce, como variable decisiva, la futura recuperación del empleo. ¿Acaso no se la espera? Si es así, apaga y vámonos: ni las pensiones serán sostenibles ni el país viable. Solo la eutanasia tendrá sentido.