Como quiero y aprecio tanto al Gobierno Rajoy y a su presidente, me preocupa su imagen, me interesa el eco de sus acciones y sigo al minuto la repercusión mediática de sus iniciativas. Así que ayer me pasé media tarde buceando en las ediciones digitales de los periódicos para ver cómo trataban a los tres tenores que tuvieron a bien informarnos de lo bien que marcha España. Y está claro que no era mi día. Todos los esfuerzos explicativos de Soraya, que comunicó que la política no cambia; De Guindos, que ve tantos «indicadores adelantados» radiantes de optimismo, y de Montoro, que sigue viendo que «llega la recuperación», se han quedado reducidos a dos mensajes: se incumple la promesa de rebajar el IRPF y se mantendrá el paro durante la legislatura. En eso, vaya por Dios, solo en eso se ha quedado la comunicación oficial en primera lectura periodística.
Espero que los 6.202.700 parados de la EPA no hayan hecho el mismo ejercicio. Si lo hicieron, tampoco era su tarde: las referencias cariñosas hacia ellos se reducen a las piadosas palabras de la vicepresidenta, que tuvo la gentileza de hablar de cifra dramática, adjetivo elegido por los portavoces. Después, cuando se habló de perspectivas, la desolación: si el paro solo bajará dos puntos en los próximos tres años, ¿qué probabilidades tiene cada uno de que le toque a él? Prácticamente las mismas de que le toque la lotería. Su única esperanza es que los parados roten y en la rotación encuentren un empleo.
En el ambiente que precedió al Consejo de Ministros había varias demandas: que cambie la política económica, que se haga un plan de emergencia o que se convoque a los partidos, a los empresarios y a los sindicatos para intentar un acuerdo nacional. Mala puntería, colegas, empezando por mí. Muy mala puntería. Este Gobierno no está por soluciones excepcionales ni remedios de emergencia. Es un equipo de ideas firmes, inamovibles, que escogió una ruta y no la cambia ni el clamor nacional.
No tengo inconveniente en elogiar esa firmeza. Rajoy tiene una guía que dice que lo prioritario es sanear las cuentas públicas, y en ello pone todo su empeño y el trabajo de sus ministros. Entiende que los demás problemas se resolverán en el momento mismo en que termine su tarea de saneamiento.
Mientras llega ese instante feliz, pone en marcha algunos estímulos a los emprendedores, y a esperar que los mecanismos del mercado hagan lo demás. A lo mejor acierta, vaya usted a saber. Desde luego, tiene mejores asesores que yo. Pero lo que no puede cambiar es la lógica. Y la lógica dice que puede hacer una política de colores, pero, si no baja el desempleo, será como si no hubiera hecho nada. Y esa es la sensación que ayer nos dejó.