Ejemplares


Una persona ejemplar era aquella cuyo comportamiento merecía admiración y, como consecuencia, se consideraba digna de ser imitada. A los personajes públicos se les exigía -y aún se les exige- una mínima ejemplaridad: es decir, que si no merecen imitación, tampoco merezcan censura. La ejemplaridad suponía, en el primer caso, ciertas cotas de dignidad o incluso de heroísmo, y por eso se proponía como ejemplo. De los personajes públicos se daba por supuesto que serían imitados, al menos por los más jóvenes, y por eso se les exigía una especial responsabilidad que se pagaba con un respeto también especial. Cuando los personajes públicos no se respetan entre ellos difícilmente pueden esperar respeto, como cuando no respetan las leyes. Algo que, por añadidura, produce un efecto disolvente en la moral pública: la deprime y desespera, la corrompe. Tanto más, cuanto más arriba se sitúe la institución a la que pertenece el personaje o cuanto mayor sea su proyección. De ahí que las faltas de ejemplaridad graves merezcan castigos también ejemplares que sirvan de escarmiento general. Pero, con tan ominosa falta de ejemplaridad como la que contemplamos por aquí, no hay castigos ejemplares y a menudo ni siquiera hay castigos. Hasta Isabel Pantoja sonríe cuando le cantan la sentencia.

Al menos, el mal ejemplo todavía se señala. Y la gente ve que, con el tiempo, los envidiados por su posición o fortuna dejan de circular como ejemplares y se convierten en proscritos, aunque ningún juez los condene. Quizá pronto no baste cualquier fama, como ocurre ahora con la Hormigos (no me acuerdo cómo se llama y no quiero mirarlo en Google por si me sale cualquier cosa).

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