No es eso, políticos, no es eso


Alfredo Pérez Rubalcaba se jactó este fin de semana de que los socialistas habían puesto la pobreza en el centro del debate político. Como un resorte le respondió Javier Arenas con una réplica que se podía esperar: lo que han hecho los socialistas ha sido poner la pobreza en el centro de la sociedad española. Ambos cumplieron así su objetivo de partido, fueron aplaudidos por la fervorosa asistencia, habrán escuchado el sonoro y animoso «así se habla» y se volvieron tan tranquilos a sus casas. Después de escuchar a ambos líderes, los doce millones de españoles -el 21 % de la población- que se encuentran en situación de pobreza se habrán quedado dudando si son el centro del debate o son el centro de la sociedad; pero esa noche siguieron teniendo dificultades para cenar, y las siguieron teniendo ayer y las seguirán teniendo mañana.

Esta pequeña escaramuza entre el partido del Gobierno y el primer partido de la oposición es la habitual de los domingos. Y viene a demostrar una vez más en qué consiste el debate político en este país: en un juego a distancia que busca la gloria del que habla y el desprestigio del adversario. Las sesiones de control del Congreso, por ejemplo, se han devaluado por completo, porque previamente se suponen las respuestas. Si Rubalcaba o Soraya Rodríguez hacen la menor crítica o exigencia, Rajoy o Sáenz de Santamaría replican que todo es fruto de la gestión socialista.

Pensábamos que esto ocurriría durante los primeros meses de gobernación del Partido Popular, pero todo indica que será el tono de la legislatura. La herencia es un cordón sanitario que cura todos los fallos actuales y justifica todos los errores. ¿Cómo no va a haber desprestigio de la clase política? El ciudadano ve ese juego dialéctico y llega a la conclusión de que sus representantes van a lo suyo y les importa un pimiento la situación real del país.

Si hay doce millones de personas en riesgo de pobreza, y aumentan cada día; si tenemos una de las tasas de pobres más altas de Europa; si eso constituye un drama humano; si es una injusticia incompatible con el Estado de bienestar, y si, encima, es la mecha de la agitación social, ¿resuelve algo esa trifulca sobre méritos o responsabilidades? ¡Qué diablos va a resolver! Solo encubre la falta de soluciones. Solo conduce a la desesperanza de las víctimas. Solo demuestra el egoísmo de la clase dirigente, movilizada por el estigma autoritario de destrozar las ideas de los demás.

Y dijo ayer mismo el presidente Núñez Feijoo en Madrid: «Es difícil perdonar a ningún partido que se dedique a pensar en sí mismo o en desgastar al adversario». ¡Pero si no hacen otra cosa, presidente! Mientras, el número de pobres puede esperar. Y crecer.

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