La memoria prófuga

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

Aunque ya va quedando lejos el debate sobre el estado de la nación, no se me ha ido de la memoria la frase que me pareció más feliz en aquellas sesiones parlamentarias. La pronunció Mariano Rajoy (muy de pasada, y no tuvo mucho eco) en una respuesta a Rubalcaba: «A veces tiene uno la sensación de que la memoria es la primera prófuga de la política». Tal vez sin quererlo, espontáneamente, el presidente del Gobierno definió lo que pensamos con frecuencia muchos ciudadanos. Esa sensación de que en política la memoria solo existe cuando es útil como arma arrojadiza o como escudo protector.

En algún lugar he leído que la frase es del olvidado estadista conservador Antonio Maura, que presidió el Consejo de Ministros en cinco etapas de Gobierno y que hizo célebre el «yo, para gobernar, no necesito más que luz y taquígrafos». No lo sé, no sé si la máxima es de él, pero Rajoy la hizo suya. Y vino muy a cuento porque es cierto que en nuestro país lamentablemente se juega demasiado con la memoria (también con la histórica), a veces tan solo para rehuirla o centrifugarla. Algo que hacen nuestros políticos con la mayor diligencia y conforme a sus conveniencias. Me temo que, en este ámbito, no se cumple la afirmación teresiana de que «la verdad padece, pero no perece». Aquí las verdades perecen muchas veces? o se convierten en prófugas. Incluso hay quien sostiene con descaro que el juego político consiste en el intercambio de frases cargadas de provecho.

La realidad es que nos iría mejor con menos memorias prófugas y más apego a la transparencia y al rigor, porque, como bien dijo Borges, nosotros «somos nuestra memoria». Gracias a eso se da en nosotros lo que Aristóteles llamó la experiencia, es decir, la posibilidad de aprender de nuestros errores y aciertos. Por eso es tan importante no abonarse al olvido ni a la tergiversación del pasado, porque esto solo conduciría al eterno retorno de nuestras torpezas y de nuestros engaños. La verdad nos hará libres, ciertamente, pero para ello es necesario gozar de una buena memoria política y social.