Venezuela, el mal menor o más de lo mismo


Salvo sorpresas de última hora, harto improbables, derivadas del recuento del cien por ciento de las papeletas depositadas en las urnas de cartón, Nicolás Maduro será el próximo inquilino del palacio presidencial de Miraflores, inicialmente por un período de seis años.

Si ganó, ganó por puntos, no por goleada, como venía siendo habitual en las distintas contiendas electorales celebradas en Venezuela en los últimos 14 años. La diferencia oficial de votos confirma los pronósticos de los analistas que hablaban de «empate técnico».

¿Qué horizonte se vislumbra en Venezuela después del 14-A? Visto desde fuera y, a poco que se conozca un poco la realidad interna, se puede afirmar que los resultados del domingo son el mal menor para el conjunto de la oposición y muy especialmente para su candidato Henrique Capriles.

Una victoria holgada del candidato unitario de la oposición era una utopía, no por el nivel de su rival oficialista sino por todo lo que este representaba: era el ungido por el difunto líder carismático y además jugaba a su favor todo el aparato del Estado en un país donde el clientelismo es un factor clave.

Una victoria de Capriles por la mínima, como la que se le atribuye a Maduro, nunca habría sido reconocida por el oficialismo, por mucho que el hombre del pajarito hubiese dicho lo contrario en los últimos días.

En el mejor de los casos, tanto con un triunfo holgado como con uno pírrico, el gobernador de Miranda se iba a encontrar con un país en bancarrota, con unos mercados desabastecidos, unas infraestructuras tercermundistas, una Administración copada por el oficialismo, con una corrupción rampante y unas Fuerzas Armadas muy poco neutrales, lo que daría lugar a una oposición con pocos escrúpulos a la hora de utilizar la violencia para defender sus actuales privilegios.

Desde dentro, las cosas no se ven de la misma manera. Son muchos los que vislumbran seis años de más de lo mismo, en los que el régimen seguirá trampeando para no afrontar la cruda realidad que arrastra el país.

¿Cómo? Esquilmando aún más los ingentes recursos naturales del país, incrementando la represión, con la anuencia de unas Fuerzas Armadas bien engrasadas con prebendas, al estilo caribeño y con la inestimable colaboración del régimen cubano, el auténtico ganador de estas elecciones, ya que Maduro era su candidato, no el del chavismo.

Los más optimistas -alguno aún queda- todavía abrigan la esperanza de que Maduro, cuando se recupere de la visita del pajarito, deje de ver a la oposición como apátridas o enemigos a los cuales hay que barrer del mapa y abra las puertas a un auténtico diálogo nacional para salvar el país. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. También en Venezuela.

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