El Borussia-Málaga como metáfora


El Borussia es un honorable equipo de fútbol alemán, de historia centenaria, y que en los últimos años se ha convertido en una especie de Apple del balompié: una empresa gestionada ejemplarmente, que no gasta un euro que no haya ingresado, que mete cada domingo 80.000 espectadores en su moderno Westfalenstadion y que en los últimos años además ha fichado a un entrenador joven y guapo, una suerte de Guardiola germano, que aborrece el fútbol troncomóvil y se ha propuesto convertir a un grupo de atletas alemanes en los sucesores de Xavi e Iniesta.

En la acera opuesta está el Málaga C. F. La entidad fue fundada en 1992 a partir de las cenizas del histórico C. D. Málaga, que desapareció en la absoluta ruina cuando el resto del fútbol español tuvo que ser rescatado por el Gobierno. Sus veinte años de andadura no se explican como caso de éxito en ninguna escuela de negocios. Ha pasado más penalidades deportivas que alegrías, ha tenido distintos propietarios, y hace tres años, cuando iba por el mismo camino que en 1992, fue salvado a última hora por los petrodólares de Catar, como Urdangarin. Pero no era oro líquido del Golfo todo lo que relucía, así que el pasado verano la UEFA apartó al Málaga de las competiciones europeas por las enormes deudas que mantiene con otros clubes y con sus propios jugadores.

El ejemplo del Borussia quizás sea paradigmático, pero no es una excepción en la Bundesliga, un torneo en el que los clubes están gestionados por financieros solventes y por exfutbolistas cabales, y en el que todo gira en torno al aficionado que paga el circo.

El caso del Málaga es un ejemplo más de la descomunal burbuja económica que se ha consentido en el fútbol español. Con una sanción sin precedentes, pero con una situación que se repite, al fin y al cabo, en más de la mitad de la tabla del carrusel deportivo.

De modo que hay que admitir que a un aficionado coreano e imparcial no debería de parecerle mal que el Borussia eliminara al Málaga de la Liga de Campeones. Pero es que con el partido del pasado martes ocurrió algo muy parecido a lo que nos pasa en la vida real. Los alemanes hicieron trampas, embarraron el campo, se hincharon a dar patadas y se beneficiaron de un arbitraje obscenamente casero. Alemania es un país maravilloso, con muchas cosas a imitar. Pero nadie, ni siquiera el ejemplar Borussia, tiene autoridad moral para ganar siempre, y menos haciendo trampas.

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