Los artistas evolucionan, como todo. Leopoldo Nóvoa, del que se puede ver una espléndida muestra que está girando por Galicia, es un caso claro. A finales de febrero se cumplió un año del fallecimiento del genial artista que está en esa alineación que no falla del arte gallego: Luís Seoane, Laxeiro, Nóvoa, Lamazares, Leiro... Y en la exposición se puede ver cómo el creador se fue definiendo y redefiniendo desde los años cincuenta. Y es que no hay nada más vivo que el arte, nada más cambiante que un pincel, que un puñado de palabras, que la música. Y la búsqueda siempre es errática y caminos sin salida y vuelta a empezar. Y caminos perdidos y hallazgos como la ceniza en un incendio. Todo se incorpora y se filtra cuando hay artista y lo que hace es auténtico. Los cuadros de Nóvoa participan de lo que se puede llamar la resta del arte. Hay creadores que avanzan hacia el ahorro. Leopoldo Nóvoa al final era como un poema de Valente al final. Lo esencial está. De París a Armenteira. En estos tiempos en que hay tan poco que celebrar hay que congratularse de tener a un compatriota gallego que sabía que a veces el sentimiento es simplemente callar lo justo.