Cuiden a este príncipe

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

A medida que se suceden las dificultades en la familia real, aumenta la atención hacia el príncipe de Asturias. Encuestas recientes le atribuyen una alta popularidad. Ayer mismo, bastantes oyentes que llamaron a las emisoras de radio le mostraron espontáneamente su simpatía. Quiere decirse que don Felipe tiene un alto grado de aceptación social, y tengo la impresión personal de que es creciente. Cada día que pasa, y por simple ley de vida, se aproxima más a la Corona. Por eso, sus pasos, sus gestos y sus palabras empiezan a ser observados con microscopio. Su tarea fundamental es transferir a su persona los afectos que ganó su padre y convertir la fe juancarlista de los últimos años en respeto a la institución que va a encarnar. Para ello, su primera obligación es ser ejemplar en su comportamiento privado. La segunda, no cometer ningún error público.

Mientras tanto, está haciendo un auténtico máster de rey. Debido a la convalecencia de don Juan Carlos, multiplica sus presencias, y hay que decir que lo hace a plena satisfacción. Ayer mismo presidió la entrega de despachos a la última promoción de jueces en Barcelona, y el acto estuvo cargado de simbolismo, porque un juez acababa de imputar a su hermana Cristina. Don Felipe pudo hacer un discurso genérico sobre la Justicia, pero optó por el compromiso. Les dijo a los nuevos administradores de la justicia lo que hoy destacarán todos los medios: que son merecedores de «la mayor confianza» y les instó a trabajar «con prudencia y fortaleza».

Esas palabras, dichas en otro momento, pasarían desapercibidas, porque responden a un esquema clásico de discurso y solo están llenas de sentido común. Dichas ayer, a menos de 24 horas de la imputación de la infanta, tienen un alto valor político. Significan el reconocimiento a la labor judicial, aunque haya tocado tan de cerca a su familia. Significan una invitación a trabajar con libertad. Y significan un aliento a actuar sin condicionantes: esa es la fortaleza. La confianza en los jueces, dígalo un príncipe o dígalo un plebeyo, es la mayor, por no decir la única seguridad del Estado de derecho.

Por todo ello digo que hay que cuidar a este príncipe. Tiene ante sí una labor ingente. Debe conservar las adhesiones que ya tiene y ganar el reconocimiento de cuantos se proclaman republicanos o aspiran a tener un jefe de Estado elegido por sufragio universal: la mayoría de la población joven que no tiene por qué saber qué supuso la monarquía en la conquista de las libertades tras una larga dictadura. Él sabrá cómo se hace. Este cronista se limita a resaltar que don Felipe de Borbón no merece por ahora un solo reproche. Esa es la gran confianza para la estabilidad de la nación.