Antes de entrar en materia permítanme lamentar con todo mi cariño la razón que me obliga a escribir hoy, ocupando el espacio de Roberto L. Blanco Valdés. Su madre, a punto de cumplir los noventa años de vida ejemplar y hermosa ancianidad, falleció ayer por la tarde. Y yo, al tiempo de sustituirlo, quiero compartir mi dolor con él, con su esposa e hijas, y con todos sus hermanos, que constituyen para mí una familia muy próxima y querida.
Y ahora, volviendo ya al oficio, quiero llamar la atención sobre la profunda contradicción en la que está cayendo el presidente Núñez Feijoo, que, mientras sostiene la tesis de que las fotos no son más que fotos, que el tiempo pasado -18 años- le quita a los hechos cualquier significado político, y que su «relación de ocio» no se transformó en ningún trato de favor a Marcial Dorado ni en ningún negocio común, monta una contraofensiva mediática de grandes proporciones -a esto le llamo «sobreactuación»- que parece decir lo contrario: que estamos ante un caso grave, que le ha impactado severamente, y que por eso tuvo que hacer una rueda de prensa de ámbito nacional, una estrategia de contrapesos informativos en todos los periódicos y emisoras importantes, y una comparecencia parlamentaria que debe producirse en los próximos días.
Yo, que siempre salgo en defensa preventiva -presumiendo su inocencia- de todos los políticos, y exijo conocer y medir los hechos con toda precisión antes de pronunciarme sobre su importancia o proceder a imputaciones mediáticas o judiciales precipitadas y deshonestas, creo firmemente -como ya creí, entre otros, en los casos de José Blanco, Orozco, Currás, el exalcalde de Ourense y el exdirector del Igape- que Núñez Feijoo tiene toda la razón en lo que dice, que el caso ya no tiene sustantividad política, y que el daño que se le puede hacer solo se basa en el proceso abierto de insinuaciones, elucubraciones y frases de doble sentido en las que yo no quiero entrar y a las que no le doy ninguna relevancia política.
Pero la pregunta de por qué sobreactúa Feijoo sigue en pie y es pertinente. Y la única respuesta racional que se me ocurre es que el presidente montó todo este cirio mediático -¡un error evidente!- porque necesita responderse a sí mismo, o porque necesita explicar por qué los raseros que puso para todos los demás no operan ahora con él mismo. Desde el punto de vista político Feijoo está limpio como una patena. Pero desde el punto de vista de la conciencia, en el más profundo y kantiano sentido de la palabra, Núñez Feijoo tiene un grave desajuste consigo mismo, al optar por aplicarse unas normas y un rasero absolutamente diferentes de los que él -sobreactuando también en el campo de la moral pública y la limpieza formal- le aplicó a los demás. Ese es su único problema. Y vive Dios que no es pequeño.