Es evidente. Aquellos padres que situaban la frontera del éxito en el título universitario se equivocaban. Pero también los que, escrutando las cifras del paro hace un decenio, se entregaban al pragmatismo y veían que sus chicos encontraban la senda laboral con la FP. Y los que acudieron con orgullo al estreno de la casa de sus vástagos, con parqué tan reluciente como la hipoteca a treinta años. Pero la medida del éxito era otra. El tiempo ha demostrado que el que no tenga una cuenta en Suiza es un auténtico fracasado. En España afloran de tal forma que es como si sus titulares hubieran asumido interiormente que brotaron por generación espontánea. El problema no es haber vivido por encima de las posibilidades de uno, que diría Merkel. El problema es haber vivido por encima de las posibilidades sin haber guardado lo mejor de los días de vino y rosas en el colchón helvético. Bárcenas se presentó como un perseguido político (no hay que negarle que algo de profético tenía) en Suiza. Es curioso que este país se mantenga brillante y reluciente gracias a los peores desagües fiscales de sus vecinos. Pero no solo los pobres vecinos del sur. Porque el fraude fiscal, que parece tan español, griego e italiano, tan de los pigs, va más allá, trepa por fronteras a las que se les supone menos permeables a la fuga de capitales y al espíritu del Lazarillo de Tormes en su conjunto. El exministro de Presupuesto francés François Cahuzac acaba de confesar, con gran dolor de su corazón, que había guardado 600.000 euros en una cuenta en el extranjero. Al menos admite que tiene dinero y remordimientos. Otros, más cerca, carecen de lo segundo e intentan ocultar lo primero con cuentos suizos.