Francisco

Enrique Clemente Navarro
Enrique Clemente LA MIRADA

OPINIÓN

25 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Es frecuente que cuando un ateo, un agnóstico o, dicho de un modo más amplio, un no creyente se lanza a criticar algún aspecto de la Iglesia católica se le corte diciéndole «a ti qué te importa lo que haga si no perteneces a ese club privado». Y no solo lo hacen los que sí forman parte del mismo, sino también los que están fuera. Esta falacia tiene muchos adeptos, pero se cae por su propio peso. En primer lugar, porque hay 1.200 millones de católicos en todo el mundo que en una u otra medida siguen sus directrices y, además, porque la vocación irrenunciable de la Iglesia es influir en las vidas de todos los ciudadanos, sobre todo en los ámbitos moral, sexual y educativo. Denunciar la discriminación de la mujer en una organización tan grande y poderosa, la prohibición del preservativo que pone en riesgo muchas vidas o la forma de tapar los alarmantes casos de pederastia es no solo legítimo sino irrenunciable para cualquier ciudadano libre, y hay muchos católicos que lo hacen. Tanto como alabar su labor asistencial y de entrega a los demás. Viene esto a cuento de los primeros pasos que está dando el papa Francisco, que llaman la atención de creyentes y no creyentes. Desde su llegada al Vaticano ha multiplicado sus gestos de cercanía a la gente, besa a niños y paralíticos, predica la Iglesia de los pobres y hasta pide a los Gobiernos que actúen con bondad y ternura. No es algo nuevo en él, que ya solía viajar en metro y vivía en un modesto apartamento en Buenos Aires. La imagen que proyecta es la de un papa bondadoso que cuando habla recuerda el mensaje universal de Jesús. Pero pasar de las buenas palabras y los gestos a los hechos le será mucho más difícil.