L a elección del 266 sucesor de san Pedro ha sido rápida. A los dos días se ha alcanzado el riguroso cuórum de dos tercios de los votos de los cardenales, lo que ha transmitido la realidad de un amplio consenso y, de alguna manera, la unidad dentro de la variedad y procedencia geográfica de los electores. Fue la culminación de unas jornadas con imágenes de un medido ceremonial que han producido respeto y admiración también en los no creyentes. Para un jurista y universitario no es difícil admitir que la solemnidad de las formas, alejadas de la banalidad ambiente, respondían a la trascendencia de la misión de los protagonistas. Como ha ocurrido otras veces, los creadores de opinión no acertaron en sus vaticinios. Si hubo sorpresa en la renuncia de Benedicto XVI, no ha sido menor con la elección del nuevo papa. La enseñanza que puede extraerse es que no parece prudente enjuiciar las cosas del espíritu de acuerdo con razones estrictamente humanas. Se acepte o no este planteamiento, la realidad confirma su validez.
Sí entraba en lo verosímil que el nuevo papa procediese de América Latina, hoy por hoy la región, si se admite el término, con más católicos. Hace unas semanas un semanario americano publicaba un mapa del catolicismo en el mundo. Crece en todas partes y de un modo especialmente llamativo en África. También es significativo que en Europa se registraba la única bajada -un 2%-. La procedencia argentina del papa es una novedad en la historia del pontificado, justificada por esa distribución del catolicismo. Honra a españoles y portugueses que llevaron al Nuevo Mundo religión y cultura, aunque haya habido alguna sombra en la conquista.
Novedad es que se trata del primer papa jesuita. Su vocación al sacerdocio está ligada a la Compañía de Jesús, que ha prestado innumerables servicios a la Iglesia a lo largo de la historia y también sufrió incomprensiones, incluso en el ámbito eclesiástico. El papa es de todos los creyentes y lo es para todos. Desde esa perspectiva podría verse la novedad del nombre con que ha querido llamarse: Francisco, el del poverello de Asís, reconstructor de la Iglesia en una encrucijada de la historia. No me atrevería a incluir en el capítulo de novedades, lo que puede explicarse como diferencias propias de la personalidad, que el ministerio petrino no tiene por qué uniformar. A ella pertenece el modo en que se presentó recién elegido al mundo o detalles que tienen que ver con los días primerizos de su pontificado.
Quizá sea precipitado deducir, de lo que hemos visto y oído, las líneas maestras de su pontificado. Sorprendente resulta que los expertos le señalen, desde dentro o desde fuera, los cambios que hay que introducir en la Iglesia y parezcan atisbar ya en marcha. Tiempo habrá. El camino, al que aludió desde el primer momento, acaba de empezar. No lo emprende en solitario. «Iremos adelante solo si caminamos con la Cruz». Una llamada a los creyentes, para el bien de la Iglesia y de la humanidad.