Las razones de Keynes

Xosé Carlos Arias
Xosé Carlos Arias VALOR Y PRECIO

OPINIÓN

Empezaré por decir que la obra teórica de John Maynard Keynes nunca me ha convencido del todo. Sí en cambio su seductora figura, sin la cual el paisaje cultural y político británico de la primera mitad del siglo pasado no se puede entender bien. Keynes escribió mucho y no siempre acertó, pero, además, el llamado «consenso keynesiano» que se impuso en el mundo desarrollado entre 1950 y 1975 («ahora todos somos keynesianos», solía decirse) dio en una vulgarización de algunas de sus ideas, que en algunos casos quedaron congeladas en recetas un tanto banales.

El dogma del nuevo liberalismo se llevó por delante todo eso, que ahora, en el contexto de la gran crisis financiera, no pocos intentan reconstruir. Seguramente el futuro del conocimiento económico no es keynesiano, al menos en ese sentido vulgar. Pero hay tres aportaciones centrales del profesor de Cambridge que urge recuperar. La primera y más conocida es su gran argumento económico a favor de lo que algo más tarde sería el Estado de bienestar. En segundo lugar, el papel que asignaba a la incertidumbre en la evolución de los hechos económicos, aspecto que ha destacado siempre con vigor su gran biógrafo Robert Skidelsky (El regreso de Keynes, Crítica, 2009). Si nos enfrentamos a lo incierto, a lo desconocido, y no a un simple elemento de riesgo, es evidente que no es posible establecer cálculo racional alguno sobre las consecuencias de determinados actos. En consecuencia, en esos ámbitos se impone el principio de caución -lo que obliga a imponer rigurosos controles y regulaciones-, pues es suicida confiar en una quimérica «maravilla del mercado». Es una lección que se suele recordar cuando sobrevienen las crisis.

La tercera noción fundamental es la de que necesitamos políticas económicas anticíclicas. Porque, frente a la idiota pretensión de que los ciclos se habían acabado, que tanto éxito tuvo durante los felices años de expansión, ahora la idea de que la evolución cíclica es consustancial a una economía capitalista ha vuelto con fuerza, para quedarse con nosotros durante bastante tiempo. La cosa no puede ser más sencilla (aunque en la práctica a veces se torne endiablada): si disponemos de herramientas para impulsar la expansión en tiempos contractivos, utilicémoslas, para así combatir el desempleo; si el contexto es de sobreexpansión, contraigamos el gasto, para evitar tensiones inflacionistas. Si los dos problemas se dan al mismo tiempo, busquemos los difíciles equilibrios con pragmatismo y actuaciones atentas y cambiantes, alejadas de cualquier dogmatismo de pizarra. ¿Obvio? Desde luego, pero no parece serlo ahora mismo para las autoridades de Berlín y Bruselas, incapaces de entender que reconstruir una línea de crecimiento haría mucho más factible la consolidación fiscal, imprescindible a medio plazo. Por eso la autoproclamación del comisario Olli Rehn como «un verdadero keynesiano» ha provocado carcajadas.