No disponen del talento en cuestión. Al principio tampoco tienen el dinero. Pero aprenden a ser grandes pescadores en los ríos revueltos de Moët & Chandon. Van escribiendo páginas y páginas de su agenda, a poder ser con sangre azul. A cada guiño van mejorando su tarjeta de presentación. Son más valiosos por lo que callan que por lo que dicen. Pasean sus sonrisas y sus silencios por grandes premios de fórmula 1, actos benéficos reservados para los que nunca necesitarán recurrir a la beneficencia y cumbres de Estado en las que se cuece el jugo de grandes contratos empresariales. Al final son los dueños de los contactos. Y, por extensión, de las cuentas suizas y de los relojes a precio de adosado. Son los conseguidores. Esa especie que ha prosperado tanto (incluso por encima de sus posibilidades) en los últimos años. La amiga entrañable del rey. El yerno no tan entrañable del monarca. La esposa de millonario. Hijo de expresidente. Político que engrasa las bisagras que unen y separan a la vez a los partidos y a las empresas. Intermediarios de distinto y cuidado pelaje. Nuevas y encantadoras versiones de aquel Tom Ripley que empuñó Patricia Highsmith para destripar elegantemente al prójimo. Son aquellos que tuercen un poco destinos ajenos para que florezca el suyo. Y consiguen que se crucen líneas que parecían condenadas a ser paralelas, aprovechando la chispa del choque de las dos piedras. Es curioso. Unos no se explican cómo se han evaporado aquellos ingresos mensuales que parecían incuestionables. Y a otros se les hace imposible justificar cómo han llegado a sus bolsillos un buen puñado de millones. Pero es que estos últimos tienen un valor añadido. Los otros, el IVA.