Despedida y legado

OPINIÓN

04 mar 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Al cerrar la guardia suiza el portón de la residencia papal de Castelgandolfo culminaba, con esa plástica imagen, la despedida de Benedicto XVI. La serenidad y sencillez con que comunicó su renuncia, a pesar de lo extraordinario y realmente inédito de su decisión, han permanecido hasta el final. Una naturalidad que resulta coherente con una determinación adoptada después de haber examinado reiteradamente ante Dios su conciencia. Eso fue lo difícil. La novedad, por él mismo declarada, explica que en esas semanas haya dispuesto sobre cuestiones relativas al consistorio en el que se elegirá al nuevo papa, al que proclamó su obediencia y para el que dejó el informe encargado a tres cardenales, que tanto ha dado que hablar. Se fue discretamente como un peregrino en su última etapa.

Su postrer tuit resume, en el escueto lenguaje de este medio de comunicación, lo que está en el meollo de un legado doctrinal en el que ha volcado la profundidad de su indiscutido saber teológico: «Que experimentéis siempre la alegría de tener a Cristo en el centro de vuestra vida». Se dirigía a creyentes. Es lo que ha venido haciendo en sus semanales audiencias con ocasión del Año de la Fe por él proclamado. Iniciadas en octubre del año pasado, pueden entenderse como una preparación de la despedida. En primer lugar se trata de confirmar en la fe a los creyentes. Fortalecer la creencia, profundizar en lo que se cree, en la integridad del credo, que incluye a la Iglesia católica. «La fe permite un saber auténtico sobre Dios que involucra toda la persona humana», implica «un cambio de mentalidad», incluso «una conversión». La fe es «un modo alegre de estar en el mundo», en el que como a los primeros cristianos se pide a los creyentes testimoniarla; que sea creíble para quienes no la tienen. Fe en un Dios creador, que se hizo hombre. El cristianismo es un encuentro con Cristo, muerto en la cruz y resucitado, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles». Es el núcleo en el que también ha insistido Benedicto XVI.

La fe es don de Dios; un misterio, pero razonable. El ya papa emérito se ha prodigado en proclamar que fe y razón son compatibles y se estimulan mutuamente. Hay «una relación virtuosa entre ciencia y fe», que anima «a no aquietarse jamás en el descubrimiento inexhausto de la verdad». Conocedor del mundo actual con el que ha dialogado. En muchas de nuestras sociedades, decía pocos días antes de su renuncia, Dios se ha convertido en el «gran ausente». En el mundo de hoy, decía a los seminaristas romanos, «los cristianos forman el pueblo más perseguido porque son anticonformistas, contrarios a las tendencias del egoísmo y del materialismo», que incluso estando en países de raíces culturales cristianas se les considera como «extranjeros». Pero «el cristiano no debe tener miedo a ir a contracorriente por vivir la propia fe». El mensaje que les transmitía era el del último tuit. En definitiva, la alegría y la fortaleza que da la seguridad de la fe.