A estas alturas no importa tanto el número de personas que se manifestaron ni las decenas de veces que han salido a la calle; que en ambos casos son muchas. Lo que importa es que el tiempo se ha terminado. Los astilleros de la ría de Ferrol están en el peor momento de los tortuosos últimos veinte años. Que es mucho decir. El trabajo se ha ido terminando a un ritmo tan previsible como las promesas que, de nuevo, han llovido sobre Ferrolterra.
Pero no vale de nada ya hacer la relación de los compromisos y de los incumplimientos de los protagonistas. Porque hay para todos. Lo que importa es que la pelota no puede seguir permanentemente de tejado en tejado. Como viene sucediendo desde que en la primera mitad de los años ochenta comenzó el desmantelamiento de uno de los sectores que para cualquier país moderno es estratégico.
El Partido Popular, con responsabilidad ahora en todas las Administraciones, adquirió antes de ganar las últimas elecciones compromisos claros en relación al sector naval. Puede ahora recordar la desidia de Gobiernos anteriores, culpar a los gestores nombrados por ellos mismos o apelar a las supuestas trabas de Europa. Hay decisiones que dependen de las dinámicas de un mercado difícil y depauperado. Pero otras, no. Como la construcción del prometido dique flotante.