La transición política española fue un acuerdo de los poderes predemocráticos con los partidos vanguardia de la oposición al régimen de Franco para que este se desmontara a sí mismo sin plazos ni responsabilidades. Y fue así porque la mayoría social era sumisa, alejada del poder y temerosa del futuro. Las encuestas de Gallup entre los años 1969 y 1975 que se pueden encontrar en las hemerotecas son concluyentes al respecto de que la sociedad española antepuso un principio colectivo de paz social a otro de conquista inmediata de las libertades, y así se hizo la transición: pasaron dos años desde la muerte del dictador hasta la celebración de las elecciones constituyentes de 1977, aquel día en el que nos convocaron a votar y votamos, tan alejados del poder como el día anterior y como siempre. Después de 36 años de democracia, tantos como de dictadura, hemos acumulado siete décadas de alejamiento de las instituciones que gestionan lo que es de todos. Hasta 1977 mandaba Franco, desde entonces los partidos políticos a los que de vez en cuando se vota, ahora transformados en familias privilegiadas y tramposas en el imaginario colectivo; son escandalosos y les da todo lo mismo, como sugiere la continuidad de la ministra Mato por unas razones o de Rubalcaba por otras, porque tan insostenible es lo primero como lo segundo en términos de mercado: los datos objetivos del candidato Rubalcaba son propios de descarte en un listado de líderes de cualquier partido cuando se estudia esto, malos no, horrorosos, luego si sigue ahí es porque no hay tropa, porque solo quedan coroneles repartiéndose un poder menguante hasta la autorrepresentación en ese partido. Rubalcaba simboliza tanto o más que el Rajoy de la presunción de inocencia de Bárcenas lo que se tiene que quedar en el siglo XX.
El sistema de partidos en España es una maquinaria que ha gripado, se ha fundido el bloque y hay que cambiar el motor. Lo certifica la admisión a trámite de la iniciativa legislativa popular (ILP) relativa a los desahucios: han sido los ciudadanos insumisos quienes han conminado al PP a admitirla ante la incompetencia del Parlamento, y ahora el Grupo Popular está obligado a votarla a favor tal y como está concebida. La ruptura ya está planteada y el desenlace es mucho más previsible de lo que dice Vallespín, que no se atreve a afirmar que el escenario inmediato es inequívocamente más griego que francés. Y no puede ser de otra forma, porque a los que aún no han cumplido los 40 años de edad no les cuentes historias de Napoleón para justificar nada, y a los que han mandado al olvido antes de tiempo, los mayores de 55 años que perdieron su trabajo desde que empezó la crisis, menos aún. Ya lo hemos escrito en estas páginas: o le dicen a la gente cómo se van a marchar, o la gente los echará, porque ha despertado. También hemos dicho que esto solo lo sujeta el sistema euro, y ahora agregamos que el futuro de este sistema euro pasa por resolver el de los jóvenes españoles, que son quienes mandan.