Por qué el caso Bárcenas no quemó a Rajoy

OPINIÓN

El PSOE, que solo ve la realidad a través de un periódico, se fue al debate convencido de que Rajoy estaba malherido por el caso Bárcenas, y que, incapaz de dar explicaciones del suceso, iba a pasar por la tribuna como un alma en pena. Y esa es la razón por la que Rubalcaba no llevó al Congreso las armas oportunas -lanza larga, escudo, armadura con yelmo cerrado, maza, espada tizona y caballo con peto protector-, porque estaba convencido de que con una puntilla torera tenía suficiente.

El final de la historia fue que Rajoy salió indemne y Rubalcaba vapuleado, después de comprobar que los socialistas mantienen un discurso que solo compite en la tercera división, y que el hecho de gobernar, aunque sea contra la crisis, desgasta mucho menos que hacer una oposición demagógica y atolondrada desde una formación de taifas ideológicas, orgánicas y estratégicas. Es, como dicen en Forcarei, «buscar o pau para o lombo».

Si España fuese un país impoluto, que de repente se encuentra con el caso Bárcenas, no es descartable que las hipótesis de Rubalcaba se hubiesen cumplido. Pero siendo España el país del GAL y de Roldán, de Matesa y Filesa, de Banca Catalana y Naseiro, del Palau y Palma Arena, de Urdangarin y los ERE, de Marbella y Lloret de Mar, de Estevil y Galindo, de la privatización de Rumasa y Telefónica, de la Pokémon y las cajas de ahorro y de un interminable etcétera, nadie cree posible que, cambiando la manga ancha y la permisividad con la que se ha tratado todo esto, y rompiendo con la costumbre de resolverlo todo a base de chivos expiatorios, usemos ahora a Bárcenas, un viejo conocido del teatro político, para tumbar a un Gobierno mayoritario en medio de la crisis, poner el país patas arriba y dejar que salga el sol por Antequera.

El caso Bárcenas es, además de gravísimo y prolongado, un ejemplo de corrupción orgánica y de responsabilidad colectiva, que implica a sucesivos dirigentes. Y, por llegar en medio de un ambiente de profunda crisis, con todas las sensibilidades a flor de piel, en medio de una ola de casos que pone los pelos de punta, y con un severo cansancio de la ciudadanía, señala el momento de poner fin a esta lacra tan vergonzosa como peligrosa de la política española.

Pero mucho me temo que la gente no está dispuesta a cambiar de repente todos los raseros, para pasar de la tolerancia y los formalismos exculpatorios, que han dominado hasta hoy, a poner el Estado de patas arriba, darle el Gobierno a una coalición de cayoslaras y sindicalistas utópicos, y meter a la mitad de la clase política en la cárcel. Los españoles estamos cansados, pero no locos. Y creer lo contrario, como hizo Rubalcaba, deja al PP reforzado -¡el mundo al revés!- y al PSOE zaherido. Porque la realidad es tozuda y objetiva, y no se reduce a los artículos de un solo periódico.