El riesgo de destruir a Rubalcaba

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Hay una coincidencia mayoritaria: Mariano Rajoy llegó tocado al debate, y salió resucitado. Para cualquier observador es prodigioso. Solo tenía a favor un pequeño dato de exportaciones y el tanto de que había conjurado el rescate. El resto era todo negativo: el paro, el estado anímico del país, el descontento social que revelan las encuestas y la alargada sombra de la corrupción. En esas condiciones, salir airoso de un examen parlamentario tiene su mérito. Solo es explicable por sus propios valores, por su buena estrategia, o por los regalos que le hizo la oposición. Creo que se han dado las tres circunstancias, con lo cual el cronista felicita al señor Rajoy y desea que esas buenas cualidades se transformen en beneficios para el país. Cualquiera que sea la simpatía política, es preferible tener un liderazgo fuerte que un Gobierno asustado ante la realidad.

Tengo mayores dudas sobre la generosidad del PP para administrar esa victoria. Observo que no solo siente la legítima necesidad de ganar, sino de aplastar al principal adversario, que es el Partido Socialista. Lo vimos en el mano a mano entre Rajoy y Rubalcaba, donde el presidente atacó de forma desproporcionada al líder de la oposición. Después utilizó la situación heredada con una dureza que no le habíamos visto ni siquiera cuando se encontró con esa herencia. Y ayer, el portavoz parlamentario del PP, don Alfonso Alonso, parecía rematar el cadáver político socialista no solo con crueldad, sino con ensañamiento.

¿Es la política más acertada? Creo que no. Guste o no guste a los estrategas del PP, el PSOE es el otro partido de Estado que hay en España. Es imprescindible para cualquier reforma de la Constitución. Aunque atraviese un momento de debilidad e incertidumbre, es la fuerza política con la que se puede contar en situaciones de emergencia. Y las señales de esa emergencia siguen ahí. Son visibles en la crisis social que nadie sabe hasta qué punto puede agravarse si se agrava la destrucción de empleo. Apuntan en el debate sobre la monarquía, que asoma en cuanto algunos líderes tienen un micrófono delante. Y están llamadas a recrudecerse en el momento en que la política catalana decida dar los pasos anunciados hacia la autodeterminación.

En esas condiciones, es muy arriesgado romper los puentes del diálogo, jugar al debilitamiento del PSOE y promover la destrucción de su líder, Alfredo Pérez Rubalcaba. Podrá haber sido responsable o cómplice de una política equivocada en un tiempo determinado. Pero es uno de los hombres con más sentido y lealtad al Estado. Y basta repasar lo dicho en el debate para darse cuenta de que no abundan precisamente los hombres y mujeres de Estado en el Parlamento español.