Va sobrado Bárcenas. Tanto, que no es posible expresarlo con palabras. Por eso recurre al lenguaje no verbal. Al insulto silencioso. Primero, la peineta. Acompañada de una desafiante sonrisa. Ayer, el manotazo contra el micrófono mientras atendía sus business por teléfono móvil y entraba en un coche con cristales tintados. No hay que rendirse a la interpretación fácil y reduccionista de que los gestos van dirigidos exclusivamente a la canallesca de la prensa. Todo ciudadano debe sentirse partícipe. El triunfo de Bárcenas está dedicado al tendido. También a los políticos del PP. Tanto a los que figuran en sus papeles como a los que nunca catarán las mieles del sobresueldo. Los partidos se convierten en esclavos de sus conseguidores. Bárcenas no solo ha sido inmune a los rigores de la reforma laboral. Es más, el extesorero del Partido Popular y Urdangarin viven en una semana blanca que no acaba nunca. Demuestran que las nieves perpetuas no son las del Kilimanjaro o las del Himalaya. Se conservan a gusto del consumidor gracias al aliento frío de las cámaras de seguridad de los bancos suizos, cuyas cifras caen en copos sobre Baqueira, Chamonix o Canadá. Y de Canadá precisamente volvía Bárcenas cuando dejó huérfano pero desafiante su dedo corazón en el aire de Barajas. Ya pueden rescatar las retorcidas teorías conspiratorias del 11-M, que el saludo en cuestión no es fácil de olvidar. Esa peineta posesquí. Indirectamente retrotrae a aquella que lució hace tiempo una doliente Dolores de Cospedal, valga la redundancia. Hay quienes gustan de la peineta en carnaval, Cuaresma y Semana Santa. Pero las antroidadas y los viacrucis que los sufran otros.