El verbo dimitir ha caído en desuso. Se ha convertido en un barbarismo y ya solo se conjuga en las páginas de Internacional de los periódicos. Spain is different. Hemos reconvertido el «¡que inventen ellos!», del Unamuno aquejado de fobia tecnocrática, en un grito no menos patriótico que resalta las esencias diferenciales de la raza: ¡Que dimitan ellos!
El ministro británico Chris Huhne dimite porque, diez años atrás, le endosó una multa de tráfico a su esposa con el beneplácito de esta. El desliz, muestra sublime del impecable funcionamiento del régimen de gananciales en la dicha y en la desgracia, le cuesta el cargo al ilustre varón. ¡Qué raros son estos ingleses!
La ministra alemana Annette Schavan dimite porque, hace la friolera de 33 años, plagió algunos párrafos de su tesis doctoral. La vieja amiga de Angela Merkel, que sigue proclamando su inocencia, se marcha porque, según confesó, primero está su país, después su partido y solo al final del extraño trío de prioridades, su humilde persona. ¡Qué raros son estos alemanes!
Es comprensible que en el país de la picaresca nadie dimita por tales bagatelas. Piénselo usted un instante. ¿Podemos condenar al entrañable Lazarillo de Tormes que se zampa de tres en tres las uvas del racimo cuando sabemos que el ciego, contraviniendo el acuerdo de un reparto equitativo, las engullía de dos en dos? Ninguno de ambos personajes merece el cese y el ostracismo. Cada uno de ellos puede justificar plenamente su conducta con el mismo argumento de los políticos enfangados: ¡Y tú, más! O sea, la versión clásica del ventilador que esparce porquería utilizada como escudo de protección.
«Non nos entenden, non», que dice el himno gallego. ¿Dimitir por haber invocado con un simple «¡que se jodan!» a los parados que malgastan el subsidio en pantallas de plasma? ¿Dimitir por la fruslería de unos confetis, globos y serpentinas que las amistades peligrosas de la Gürtel han regalado a mi exmarido? ¿Dimitir por haber plagiado de pe a pa el ideario del nacionalcatolicismo que debe regenerar el sistema educativo? ¿Dimitir por haber restringido el acceso a la justicia con el loable propósito de evitar atascos? ¿Dimitir por haber construido un albergue, barato y cómodo, que acoge a los delincuentes fiscales? ¿Dimitir por unos papeles sobrecogedores que, si no apócrifos, son fruto de la deslealtad del extesorero y rezuman intenciones chantajistas?
Solo alguien no imbuido de la idiosincrasia española, como los flemáticos ingleses o los cuadriculados alemanes, puede considerar que aquellos son motivos suficientes para ceder el mando y apearse del coche oficial. Bien sabemos que, más allá de los Pirineos, dimiten los ministros, dimiten los presidentes y hasta dimite el papa de Roma. Pero aquí, desde el caso del concejal compostelano que dormía la mona en su coche varado ante el semáforo, no dimite -dispensando- ni Dios.